Por - 18 de febrero de 2016

Si Tim Burton hubiera nacido en Brasil y no hubiera abandonado su vocación primigenia, la animación, hubiera podido firmar esta joyita (que acumula más de cuarenta premios) sobre un melancólico chico ostra que sale un busca de su padre y se surme en un mundo extraño que no es más que una alegoría para grandes y pequeños del nuestro. Alejada de la postal para turista accidental de Brasil que fue la convencional Río, El niño y el mundo es un caleidoscopio (la metáfora no es casual) hecho con distintas técnicas de animación tradicional -del grafito y el pastel al collage de papel- que transita del sueño colorido, folklórico y rural a la pesadilla capitalista que todo lo somete, urbaniza y mecaniza. Su presencia en los Oscar será testimonial al lado de las cinco emociones de Pixar, pero su naturaleza silente, su radical belleza formal, su lirismo y su localismo -que, como tal, conquista lo universal- convierten esta preciosa película de animación en una obrita de arte y a su director Ale Abreu en miembro honorífico de la Liga de Animadores Extraordinarios a la que pertenecen Miyazaki, el irlandés Tomm Moore (El secreto del libro de Kells) o el francés Sylvain Chomet (Bienvenidos a Belleville).

Oda al lápiz, a los sueños.... y al espíritu crítico.