Por - 10 de mayo de 2017

En el tramo final de Avaricia (1924), Eric von Stroheim filma a los dos antagonistas peleando cuerpo a cuerpo en el desierto del Valle de la Muerte, y esa imagen de desesperación estéril está replicada en el debut en largo de Emiliano Torres, El invierno. Como en el inigualable filme silente, aquí también seguimos a dos buscavidas en mitad de un páramo cuyo horizonte sólo anuncia el vacío, pero si en la cinta muda del genial cineasta alemán estábamos ante las desventuras de un minero y un dentista charlatán, en El invierno vamos observando la tirante relación del antiguo capataz de una finca con uno de los jóvenes contratados durante la temporada de la esquila en verano, quien acabará reemplazándolo como vigilante de las propiedades del patrón, en la infinita Patagonia. El paisaje yermo, cada vez más árido a medida que avanza el frío y llega el invierno, ahoga a los personajes hasta el punto de que ellos acaban contaminados por un hieratismo emocional que les conducirá, alimentado por la frustración y la ambición, respectivamente, al desastre.

Western de las estepas y melodrama de tensiones primitivas no apto para agorafóbicos, en El invierno Torres se descubre como un cineasta sólido a la hora de manejar el suspense y controlar los silencios, y capaz de dotar de sensibilidad las estampas más hostiles de la naturaleza humana. Una voz que seguir y un clásico renovado.

Nieve, ambición y supervivencia: así es la salvaje Patagonia.