El Gordo y el Flaco (Stan & Ollie)

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Por - 11 de marzo de 2019

De entre todas las historias, la más triste es la de la comedia, porque, como la España de Gil de Biedma, termina mal. El spoiler existencial. Lo intuye el payaso tonto, lo sabe a ciencia cierta el payaso triste, tan bien representados por esos dos iconos universales, Laurel y Hardy, que trasladaron a la pantalla el espíritu del clown hasta que el cinismo de la posguerra, y Abbott y Costello (en los 50 no hubo espacio para la amargura, solo cabían dos tontos) les abrieron la puerta de salida.

Pequeña bicoca cinéfila, historia mínima rodada como homenaje para el recuerdo de estos dos genios del cine, hoy olvidados por las generaciones posteriores al UHF, El gordo y el flaco es un susurro a la amistad y a la comedia, tan sencillo como nostálgico, con el toque justito de sal en la dieta cinéfila que vimos en las pequeñas Mi semana con Marylin y Hitchcock. Eso sí, sigue esa vacua costumbre del cine biográfico reciente que parece justificarse por las postreras fotos y vídeos de los personajes reales en los créditos. Sustentada por la brillante complicidad entre Reilly y Coogan, la última gira por teatros de Inglaterra de Stan y Oliver, da pie a Jon S. Baird para demostrar una curiosa versatilidad: viene de adaptar a Welsh en Filth, el Sucio, para ponerse académico con esta mirada que no pretende ser un fresco de la época sino tan solo provocar una lagrimita reconfortante por los humores perdidos.

Dieta cinéfila baja en sal, reconfortante elegía por las comedias olvidadas.