El cartero de las noches blancas

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Por - 30 de julio de 2015

El extraño caso de Andrei Konchalovski. De guionista de su hermano Nikita Mikhalkov y del maestro Tarkovski en la URSS en tono mate de los 70 a director de Tango y Cash y amante de Nastassja Kinski en el Hollywood ultrahormonado de los 80, para acabar artísticamente instalado entre óperas y documentales en la Rusia de Putin. Una trayectoria tan asombrosa (pide a gritos un libro de memorias) hace más interesante todavía el análisis de su poética de los paraísos perdidos, presentada aquí a golpe de bellas estampas de documental etnográfico pero con una exquisita preocupación por no edulcorar un mundo que desaparece a ojos vista. La cámara vuela alrededor del lago Kenozero, en los confines árticos de la federación rusa, planeando de lo general a lo íntimo, capeando el costumbrismo, pese al vodka, la mugre y unos actores no profesionales, adentrándose en una forma ligera de romanticismo socialista que acaba siendo también una suerte bastante asumible de nostalgia nada sensiblera. Konchalovski, al que imaginábamos perdido tras su Cascanueces en 3D, sabe mantener además el misterio, el del secreto encanto de un tipo anodino, este cartero en ciernes de una extinción que se niega a asumir a la bartlebyana manera. El uso sutil pero imponente de la música y del tempo narrativo recuerdan inevitablemente a la gravedad de otro maestro del cine ruso actual, Andrei Zviagintsev, y sublima el poder de una secuencia inquitante y sabia: esa búsqueda de fantasmas junto al crío confirma que el miedo puede convivir con los intentos de acomodarse a un presente mucho más inevitable aún que el futuro de mal agüero.

Vodka, mugre y nostalgia: Konchalovski sublima el costumbrismo.