Por - 15 de abril de 2019

En su amarga, lacerante y brutal nueva película, Sergei Loznitsa mezcla el método observacional habitual en sus documentales con el afilado sentido del absurdo típico de sus obras de ficción para sumergirnos en el conflicto bélico que desde 2014 se vive en la República Popular de Donetsk, estado autoproclamado en el este de Ucrania y ocupado por el ejército ruso. Mientras lo hace proporciona una experiencia cinematográfica agresivamente opresiva, porque nos arroja al meollo de un circo humano en el que no resulta fácil ubicarse, y nos atrapa en una maraña de violencia y burocracia y corrupción y paranoia e ira permanentes.

Donbass transcurre a través de una sucesión de viñetas que revelan un proceso colectivo de animalización desde diferentes perspectivas, y en las que largos planos secuencia a menudo van incrementando la tensión hasta niveles casi insoportables. En el más devastador de todos, un soldado es atado a una farola en el medio de una plaza y dejado a merced de una multitud de civiles sedientos de sangre, que lo humillan y lo escupen y lo golpean salvajemente; es en momentos como ese que la película vuelve a dejar clara la extraordinaria habilidad de Loznitsa a la hora de obtener demoledores diagnósticos de la condición humana, y de derrochar furia envuelta con mordacidad, mientras se limita a contemplar rostros y multitudes.

Un derroche de virtuosismo formal y de pesimismo existencial.