Por - 24 de marzo de 2019

No tenía pecas (o no tantas), pero sí llevaba dos trenzas y un vestido menos colorido, también hecho de retales. Y, sobre todo, compartían espíritu libre e independiente. Pippi Calzaslargas tenía mucho de Astrid Lindgren, su creadora. Astrid no era huérfana, era la mayor de una familia numerosa que trabajaba las tierras de la iglesia de su pueblo en Suecia. Pero destacó tanto que en seguida pasó del campo a la redacción del periódico local. Tuvo una relación con el director, casado, con siete hijos, en un divorcio que amenazaba con llevarle a la cárcel por adúltero. Embarazada, se fue a Estocolmo a aprender el oficio de secretaria y dio a luz en la vecina Dinamarca, donde no necesitaba un padre firmante, y entregó a su hijo en adopción temporal.

En todo este drama de vida, la autora de la alegre Pippi basó sus cuentos, el de Calzaslargas y todos los demás. Convirtió un episodio que podía haber sido simplemente dramático en una experiencia que la liberó para siempre y la transformó en una autora de éxito, pionera y referente feminista. Ese es el gancho de la directora Pernille Fischer Christensen para transformar un biopic convencional en una historia moderna, emocional, tierna y valiente.

Gran parte de la sorpresa de esta película es su protagonista: Alba August (hija del cineasta Bille August y la actriz Pernilla August) interpretando a una joven Astrid, antes de cambiarse el apellido Lindgren, con una frescura que conmueve y aligera toda la posible melodramatización. También la delicadeza de las imágenes huyen del telefilme y atrapan del principio al fin en esta celebración de una infancia libre y llena de imaginación –que nunca se olvide del todo–, como paso necesario a una madurez plena. Esa era la moraleja de sus personajes de cuento, de su Pippi, y lo fue de la propia Astrid.

Emocionante biopic para conocer a la autora de Pippi Calzaslargas. Una historia de época, de los años 20, de una mujer moderna.