Por - 06 de marzo de 2019

Los distintos conflictos bélicos que se desarrollaron durante comienzos de la década de los noventa en la zona de los Balcanes han generado abundante material cinematográfico. Directores como Emir Kusturica o Goran Paskaljevic ambientaron algunas de sus ficciones en los momentos previos a la guerra y también en el terreno de la postguerra. Un cine de compromiso ideológico que en muchas ocasiones, con las heridas de la guerra (y del genocidio, no hay que olvidarlo) aún abiertas, generaron bastante polémica y más que un conflicto a sus autores. Sobre todo en el caso de Kusturica, a pesar del marcado acento metafórico de su cine. O quizá precisamente por eso. Aunque también hubo películas que lograron cierto consenso y que convendría reivindicar por su compromiso poético y político, como la macedonia Before the Sun (1994), con la que Milcho Manchevski ganó el León de Oro en Venecia. Ahora que han pasado casi tres décadas de los diferentes enfrentamientos que tuvieron lugar en el corazón de una Europa que en ese momento se estaba unificando, la mirada que propone Cold November se antoja más pausada, más reflexiva y centrada en la intimidad de sus protagonistas anónimos. Aunque en ningún caso alejada de las motivaciones socio-políticas.
El cineasta kosovar Ismet Sijarina, autor del documental Beyond the rainbow (2008), en el que abordaba el tabú de la homosexualidad en su país, sitúa la acción de su relato en Pristina, en 1992. Justo en ese momento, el Gobierno yugoslavo decidió suspender la autonomía del Parlamento de Kosovo, cerró la televisión pública y colocó a cargos de su confianza al frente de las principales empresas. En una de ellas trabaja como archivista Fadili, el protagonista del film, que se niega a secundar la protesta de sus compañeros frente a la invasión de la burocracia y del ejército de Yugoslavia y prefiere conservar su puesto de trabajo. Esto provocará el rechazo de su comunidad y de su familia, y comenzará un proceso de aislamiento, algo parecido a un exilio interior, al que también se verán sometidos su mujer y sus hijos. Esta sensación de ahogo y asfixia se ve reforzada por la (inteligente) elección del formato 4:3, prácticamente cuadrado, que acentúa la opresión sobre el personaje protagonista y hace más visible su falta de espacio. Y también por una puesta en escena que combina la escenografía realista con una luz que se fija en los claroscuros de una manera sutil y muy metafórica.
Las emocionantes y terroríficas escenas en las que los ciudadanos kosovares protestan con cacerolas durante la noche por la invasión yugoslava, justificarían por sí solas este retrato de un conflicto moral, que deriva en un mensaje universal y que en pleno siglo XXI puede servir como aviso para el auge de los extremismos que anulan las libertades.

La decisiva elección del formato cuadrado (4:3), empuja al espectador a sentir la opresión y la falta de aire de un hombre atrapado en un dilema interior: cómo defender a su familia sin traicionar sus convicciones.