Por - 03 de febrero de 2019

Nada que ver con Selfie, aunque por analogía su título pueda remitir a la corrosiva sátira de Víctor García León protagonizada por Santiago Alverú. Dirigida por el navarro Joaquín Calderón, Basque Selfie recrea biográficamente la lucha del músico Agus Barandiarán al tratar de impedir la demolición de su caserío familiar para dar paso a una nueva carretera. Más próxima a la representación dramatizada que a cualquier otra fórmula documental, la narrativa de Basque Selfie muestra el retrato cándido de un hombre y la paradoja que resulta de aquel que dedica su vida a transmitir su legado cultural y es incapaz de mantener en pie su propio hogar. ¿La casa nos pertenece, o somos nosotros los que pertenecemos a ella? La reflexión, propuesta por el film, responde más al mito del locus amoenus que a una realidad urbana, la nuestra, infectada por la especulación, los desahucios y la corrupción. Pero es que la película remite a ello: a la tierra mítica, a la herencia familiar, a la música y la danza vasca, que alimentan el alma. Si el discurso es inequívoco, las actuaciones y la puesta en escena de Basque Selfie resultan, cuando menos, naifs. Interpretándose a sí mismo, el trikitilari Barandiarán (líder del grupo de folk Korrontzi, cuya música se fundamenta en la trikitixa o acordeón diatónico vasco) transmite una personalidad diáfana, sin las aristas propias de la dramaturgia. Otro tanto puede decirse de Itziar Ituño (Loreak, La casa de papel), quien da vida a la periodista que acompaña al músico en su civilizada batalla legal. Sin claroscuros, ni apenas efectos dramáticos, todo lo que muestra el film se queda en lo idiosincrásico, en lo paisajístico, en lo folklórico.

Retrato folklórico y amable de la lucha de un músico euskaldún.