Por - 12 de mayo de 2017

Siguiendo el esquema de “diferencia y repetición” que acuñara Gilles Deleuze, se revisita en esta película el clásico El coleccionista (1965), de William Wyler, con el inquietante entomólogo que encarnara Terence Stamp transformado en un millennial con patas de gallo que trabaja en una perrera y tiene, huelga decirlo, infinita menos clase. Si la primera parte del filme es solucionada con solvencia técnica y un interesante uso de la steadycam y la fotografía nocturna, todo varía cuando la trama da un giro, más que inesperado, estrambótico. Lo inverosímil se adueña entonces de la historia y la película empieza a estar más preocupada por la superficial representación de la violencia, que por la reflexión acerca de las profundidades del amor y del deseo que tan a menudo nos conduce a la locura.

Algunos amores son demasiado perros.