Por - 11 de abril de 2016

Mika y Aki Kaurismaki nunca han sido como los hermanos Mantle de Inspeparables, de David Cronenberg. Ellos no son ni gemelos, ni ginecólogos, ni han caído en las drogas (que se sepa) pero sí empezaron juntos su carrera en el cine y decidieron tomar caminos bien distintos, casi opuestos. Aki lleva instalado en la jerarquía del politburó del cine de autor europeo desde hace décadas. Mientras que Mika es un espíritu libre, un hetedoroxo de manual, un finlandés seducido por el calor de Brasil, donde vive y rodó el indispensable documental musical Brasileirinho. También es un director bien difícil de encajar en ningún apartado. Fruto de esta costumbre de saltar de género en género, ahora ha caído en la casilla del drama histórico para abrazar la figura de la Reina Cristina de Suecia (que ya tuvo las caras de Greta Garbo o Liv Ullman y ahora de la gran Malin Buska). Y no lo ha hecho para estar de paso: exprime hasta el límite los pliegues y aristas del personaje histórico. Ha decidido que la puesta en escena -eje de este tipo de dramas- se desarme para ponerse al servicio de la actualidad del mensaje, de la defensa de la libertad sexual, de religión, de militancia política y para derribar el pensamiento único. Para apuntar con el dedo lleno de sangre hacia el auge de los totalitarismos y rellenar de licor, que embriaga, un planteamiento formal intencionadamente academicista y plano. Sin duda, Mika es el gamberro de los Mantle, perdón, de los Kaurismaki.

No busquen almíbar histórico como el de la tele, ésta es una película puñetera y que obliga a pensar.