20.000 días en la tierra

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Por - 03 de noviembre de 2014

Demasiados rockumentales existen sólo para darles palmaditas en el hombro a sus protagonistas o para airear sus trapos sucios. La mayoría de ellos se limitan a mezclar imágenes de conciertos trufadas de planos de fans histéricos con un puñado de bustos parlantes. Es decir, casi todas esas películas son iguales. Pero 20.000 días en la Tierra es distinta. Tan distinta que ni debería considerarse un documental.

Aunque tampoco es un trabajo de ficción, sino más bien una mirada impresionista a las cuatro décadas de carrera de Nick Cave como músico, compositor, poeta, predicador y leyenda absoluta, que maneja una serie de peculiares piezas de información –perlas aforísticas, encuentros casuales, visitas fantasmagóricas, momentos de psicoanálisis freudiano, todo ello puntuado por momentos de inspiración creativa– para componer un todo mucho más penetrante respecto a la identidad, la mente y el alma del hombre y de su arte de lo que cualquier documental al uso podría lograr.

En el proceso, los directores Jane Pollard y Iain Forsyth ponen dos temas esenciales sobre la mesa. En primer lugar, puede que la memoria sea un instrumento falible y engañoso –no redescubrimos nuestros recuerdos sino que los reescribimos una y otra vez–, pero en todo caso los recuerdos de nuestras vidas son lo que somos, y esta película es ante todo Nick Cave confrontando su pasado. Su infancia en la Australia rural, su padre, su primera experiencia sexual, sus usos y abusos con las drogas, sus escarceos con la religión y, sobre todo, su miedo a perder todos esos recuerdos.

En segundo lugar, 20.000 días en la Tierra es también una meditación sobre lo que ser un performer implica: Cave admite que al subir al escenario se siente sobrehumano, que se convierte en la persona que siempre quiso ser. Y si asumimos que esta película es para él un escenario más sobre el que deleitarse alargando su propia mitología –de un modo tan irónicamente autocrítico que el efecto nunca es egomaníaco–, entonces habrá que aceptar que todo en ella es construcción, todo es actuación. ¿Le resta eso honestidad? Al contrario, la convierte en la radiografía perfecta de un artista en permanente proceso de configurar y reconfigurar su propia imagen, equilibrio perfecto entre el artificio deliciosamente pretencioso y la autenticidad; y a la vez subraya su poder no sólo como retrato de un músico que explora el significado de su arte, sino como solución para todo aquél que ande necesitado de inspiración.

Cautivadora visita al interior de un músico que medita sobre su vida y el sentido de su obra.

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En '20.000 Days on Earth' el músico se da un autohomenaje con desgarradora fuerza audiovisual y un montaje de imágenes, documentos y estados de ánimo sobra la vida y la muerte.