Verdugos de arte y ensayo: así retrata el cine de autor a los asesinos en serie

En 'La casa de Jack', Lars Von Trier es el penúltimo cineasta con voz propia que se apunta al asesinato de masas. Recordamos a sus precursores, de Lang a Haneke.

Por - 25 de enero de 2019

La fascinación por lo prohibido es un sentimiento muy humano. Sólo hace falta colocar un cartel de “No tocar” para que incluso el objeto más inane suscite el ansia de ser tocado. Y que quienes rodean a quien lo hace sientan una extraña admiración por quien lo ha tocado. Por eso el cine se ha interesado siempre por la figura del asesino en serie. Porque es el violador por excelencia del mayor tabú de todos: matar a otro ser humano.

Ahora, con La casa de JackLars Von Trier retrata este arquetipo con su característica misantropía, y con Matt Dillon por añadidura. Pero si queremos encontrar los primeros ejemplos de autores tocando el tema tendríamos que retrotraernos hasta la Alemania de entre guerras. Hasta el expresionismo alemán.

M, el vampiro de Düsseldorf fue la primera película sonora de Fritz Lang y, según su propia opinión, su obra maestra. En ella seguimos los pasos de un asesino de niños, con el rostro de Peter Lorre, que será perseguido tanto por la policía como por los criminales, aterrorizados por la naturaleza particularmente grotesca de sus actos.

Con una compleja banda sonora, un inteligente uso de los silencios, la introducción repentina de cambios en el sonido para aumentar la tensión y con imágenes que nos sumergían en un ambiente siniestro y desolador, M fue la película que marcaría el camino a seguir para todos los thrillers posteriores. Tanto en lo técnico como en lo ideológico. No por nada su tema central es cómo el verdadero asesino de los niños no es el protagonista sino la sociedad en su conjunto. Una sociedad incapaz de vigilar y castigar, de forma real y conveniente, las desviaciones siniestras que ocurren en la mente de algunas de las personas que las componen.

A partir de entonces el asesino en serie se irá convirtiendo en el cine en una persona con claros problemas psiquiátricos. Algo que desarrollarán, prácticamente al mismo tiempo, John Parker en Dementia y Alfred Hitchcock en Psicosis. Algo que después cristalizaría en no pocas películas del género: El fotógrafo del pánico, de Michael Powell, y The Sinister Urge, de Ed Wood, siguieron un camino similar, si bien sin la misma capacidad de Hitchcock para arrastrar a la gente a los cines. La carrera de Powell, de hecho, quedó truncada por la polémica que causó su filme.

Ahora bien, ¿qué define a estos asesinos de cine? Ser enfermos mentales a causa de una familia disfuncional. Algo que extrapolará la acusación de Lang del conjunto de la sociedad a una visión más individualista del mismo problema: el mal nace del mal; si no sabes poner en vereda a tu hijo, acabará convertido en un enfermo mental.

Europa también comparte esta visión, y para demostrarlo basta con mencionar a Dario Argento. Su filmografía, adscrita al giallo (primer género por excelencia de asesinos en serie) sería el espejo en el que mirarse de gran parte del cine por venir. A fin de cuenta, su trilogía formada por El pájaro de las plumas de cristal, El gato de las nueve colas y Cuatro moscas sobre terciopelo gris mantienen un enfoque preciosista y próximo al ejemplo de Hitchcock, pero llevándolo un paso más allá. Haciendo las muertes más aberrantes, los giros más surrealistas y la tensión más dramática. Todo ello manteniendo la idea del asesino en serio o bien como criminal o bien como enfermo mental, víctima de las circunstancias o su propia biología.

Obviando lo extremadamente problemático de asociar el crimen con la enfermedad mental, que como vemos tampoco era solo cosa de Hitchcock, a partir de los 70 se multiplicarán la cantidad de películas sobre asesinos en serie. Y entre todas ellas, las dos más importantes y más claramente de autor, son dos películas que hoy podrían considerarse, incluso, comerciales: La matanza de Texas, de Tobe Hooper, y La noche de Halloween, de John Carpenter.

Saliéndose del concepto del asesino como enfermo psiquiátrico, tanto la película de Hooper como la de Carpenter no explican nada de sus personajes. Llevando un paso más allá la premisa de Lang, los convierte en inexplicables emanaciones del mal. Algo que existe no por la negligencia familiar, sino por la existencia en sí misma del mal. Es decir, un retorno al concepto del demonio y la posesión, pero borrando de la ecuación el concepto sobrenatural: el mal existe, está entre nosotros y tiene forma humana.

De ese modo nacerá el slasher. Arrancando la raíz de la enfermedad mental y reconociendo que no hace falta ningún problema psiquiátrico para ser malvado. Que, a fin de cuentas, nadie entiende las motivaciones de alguien que hace todo aquello que se le ha dicho sistemáticamente que no debe hacer.

Pero, aunque el slasher dominó los 80 y sigue dando coletazos aun hoy, no generó muchas obras de autor. Profundamente comercial y formulaico, si bien casi siempre interesante, las películas que intentaron romper la baraja e ir más allá fueron la excepción, no la norma. Por esa razón, las películas de autor de esta época que abrazarían al asesino en serio tomarían otros caminos igualmente violentos, pero más dramáticos.

Películas como La angustia del miedo (Gerald Kargl), Henry: Retrato de un asesino (John McNaughton) y Schramm (Jörg Buttgereit) nos proponían concebir al asesino en serio desde otro punto de vista radicalmente diferente: desde el interior de su cabeza. De ese modo, son películas más dramáticas, casi naturalistas, al tratar al asesino ya no necesariamente como motor narrativo, sino como el protagonista. Una persona que, incluso con sus impulsos asesinos, tiene una personalidad y un motor interno que va más allá del mero asesinato.

Algo que, más recientemente y de mano de la televisión, ha dado forma a la obsesión con el true crime y el asesino en serie real como personaje a retratar en sus aristas. Algo que no trataremos aquí, al preferir limitarnos a lo estrictamente ficticio.

En cualquier caso, el asesino en serie volvió a transformarse en los 90s, tomando nota de su humanización, pero volviendo a sus orígenes: el thriller. Pudiendo colocar su nacimiento en El Silencio de los corderos y su tremendo éxito de crítica y público, desde los 90s tenemos, de forma regular, thrillers de autor con asesinos en serie involucrados. Desde Seven hasta American Psycho o Zodiac, pasando por esa Funny Games con la que Michael Haneke quería condenar al género en su conjunto (logrando justo lo contrario), el thriller es terreno abonado para que los directores desaten sus tendencias autorales con asesinos que ya no tienen por qué ser un reflejo de nada más que de sí mismos. O en el caso de la reciente La casa de Jack, del propio director.

Algo que ha llegado incluso a Asia. Tanto en Japón como en Corea, la proliferación de thrillers altamente estilizados con asesinos en serie como protagonistas o motores narrativos ha sido una constante. Ya sea Takashi Miike (MPD Psycho, Ichi The Killer, Lesson of Evil), Bong Joon-ho (Memories of Murder, Mother) o Na Hong Jin (The Chaser, The Yellow Sea, The Wailing), el asesino en serie ha sido uno de los más confiables embajadores del cine asiático desde hace ya más de veinte años.

Pero visto todo esto cabe preguntarnos, ¿por qué nos fascinan las historias de asesinos en serie? Porque el asesino en serie no deja de ser una hipérbole de todo lo que nos aterra, todo lo que nos seduce y no nos atrevemos a hacer, cristalizado de un modo seductor y siniestro.

Es decir, los asesinos en serie nos fascinan como nos fascinan los héroes. Porque son la mejor versión de la humanidad. Incluso si es enseñándonos su peor cara. Porque, en última instancia, las historias de asesinos en serie nos permiten fantasear con ese sentimiento horrible: si no podemos llegar al fondo de nuestro lado oscuro, atrevernos a tocar todo aquello donde hay un cartelito que dice “no tocar”, al menos poder ver a otros hacerlo a través de la ventana maravillosa que es la pantalla de cine.

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