[Repaso Marvel] La Casa de las Ideas se viene muy arriba con ‘Thor’

En su cuarto envite y obligado a cambiar de tono, el Universo Marvel daba un triple salto mortal a la hora de llevar al cine las aventuras de Thor.

Por - 03 de abril de 2018

Tres películas después, Marvel seguía ensamblando su universo después de que a Nick Furia y SHIELD se les uniera la Viuda Negra en Iron Man 2. Sin embargo, no todo era felicidad y tras dos aventuras de Tony Stark y una de Edward Norton, el MCU se enfrentaba al reto más grande de todo este primer bloque: el cambio de tono que se exigía para pasar del humor y la pirotecnia a la adaptación de un personaje como Thor, tan complejo y fuera de lugar que siempre ha tenido un pie en la cultura popular y otro en la sección de mitología de las bibliotecas.

Siete años después de su estreno, todavía queda la duda de si contratar a Kenneth Branagh para presentar al dios nórdico fue una buena idea. ¿Que Branagh es un director experto en tragedias shakesperianas? Ya se encargó la publicidad de recordárnoslo de forma machacona ¿Que la historia de Thor, Loki y Odín tiene tintes del Bardo de Avon? No se puede negar. ¿Pero que la mejor idea para introducir al personaje era tirar por ahí? Pues eso sigue sin estar tan claro y a lo mejor lo que sucedió es que Marvel se vino demasiado arriba con una idea, la del toque shakesperiano, que solamente servía para intentar dar cohesión a un pequeño desaguisado.

Jugándosela con el personaje

Lo más sorprendente de Thor –y que ya dejaba con la boca abierta en 2011– es que, durante más de la mitad de la película, el héroe protagonista es el personaje que peor cae de todos los que pueblan tanto la remota Asgard como nuestra Tierra.

Esto, ahora que empezamos a olfatear fórmulas en todas las películas de superhéroes, no deja de ser agradecido y es verdad que con el tiempo ha hecho que la película gane en interés. Aunque también evidencia la sartenada de guiones que hay condensados en sus casi dos horas de metraje, porque por un lado, la fórmula elegida no dejaba de ser un clásico como “extraterrestre se queda atrapado en la Tierra y hace amigos”. De hecho, que transcurra en Nuevo México seguro que no es casual. Pero, por otro lado, esto no era ni Starman, ni E.T., ni siquiera El hombre que cayó a la Tierra. No, aquí tocaba intercalar las aventuras cómicas de un señor de otra galaxia al ir a pedir café, con las tragedias palaciegas del mundo de origen del personaje, el cual, además, había sido desterrado a causa de su arrogancia. Vamos, que siempre estuvimos bastante perdidos con respecto a qué película estábamos viendo.

 

¿Es esto un origen?

Porque sigamos hablando un momento de lo mucho que descolocaba la presentación del dios del trueno. Es fácil contar el origen de la mayoría superhéroes… cualquiera sabe hacerlo. Ver cómo Stark fabrica su traje, ver cómo el enclenque de Steve Rogers se convierte en una bestia al servicio de los Aliados o ver a una araña picando a Peter Parker está completamente superado para cualquiera que haya ido al cine en los últimos 20 años, ¿verdad?

Pero… ¿cómo se cuenta que un dios empiece a ser un dios? ¿Un dios nórdico no es lo es desde que nace y le ponen la ropa de cama de la realeza asgardiana? ¿Es su nacimiento la historia “de su origen”? Ante tal dilema, alguien tomó una decisión excelente, que era “Perfecto, pues vamos a contar cómo Thor se gana el derecho a ser el heredero al trono gracias a dejar de ser un bocazas arrogante”.

La idea, perfecta. Pero claro, empezamos la película con el personaje habiéndose ganado su martillo, con lo que poco misterio había ya, para después perder el favor de Odín y, al final, volver a hacerse digno de él. Es verdad que no es raro asistir a historias en las que los héroes, una vez reconocidos como tales, pierden bien sus superpoderes (Spider-Man 2), bien el favor de la organización a la que pertenecen (Capitán América: El soldado de invierno), pero eso, al menos en este campo de héroes en leotardos, suelen ser historias de segundo ciclo, en las que el mundo duda del personaje y/o viceversa.

De nuevo, es refrescante el tempranísimo riesgo que se asumió con Thor al convertir eso en la presentación del personaje, pero todavía hoy sigue oliendo a que hay entremezcladas una cantidad bestial de versiones de guion, además de cierta inseguridad por parte de Marvel.

 

Un ramalazo Nolan en Marvel

Quizá fuera una idea presente desde las primeras versiones de guion, quizá algo derivado de la entrada de Branagh en el proyecto, o quizá, una mezcla de ambas. Pero, en cualquier caso, vale la pena ahora que muchos acusan al MCU de ser un catálogo de chistes pararse a escuchar los diálogos de la corte asgardiana, y especialmente, la capacidad de Odín para declamar unos textos tan solemnes que podrían haber salido de una galleta de la suerte.

Escucharlos hoy, después de la burla shakesperiana a la que Iron Man sometía a Chris Hemsworth en la futura película de Joss Whedon, tiene todavía más gracia.

 

El síndrome de los masillas

Puedes llamarlo así en honor a aquellos enemigos de los Power Rangers, aunque también puedes referirte a ellos como “ejércitos de enemigos todos iguales, de color oscuro y que por regla general gruñen mucho”.

Sea como sea, esa moda que se extiende por cualquier franquicia de superhéroes y amenaza con corroerlas, empezó en el Universo Marvel con Thor. Ya sean los chitauris de Los Vengadores, los misteriosos enemigos esos que asolarán Wakanda en Vengadores: Infinity War, las moscas gigantes de Liga de la Justicia o los “poseídos” de Escuadrón Suicida, ya sea Marvel o DC, aquí nos topamos con ellos por primera vez en la forma de los gigantes de hielo y la primera pelea que protagonizaban el protagonista y sus amigos hasta que Odín entraba en escena y ponía orden (aunque solo por rato).

¿Quién dijo que la película no iba a ser pionera en algo?

 

¿El mejor villano?

Esos gigantes de hielo tenían varias funciones en la película. Entre ellas, no oscurecer ni un ápice al mejor villano que hasta ese momento había pisado el Universo Marvel: Loki, el dios del engaño, la mentira y las travesuras. Tanto es así que, desde entonces, el personaje interpretado por Tom Hiddleston se ha convertido en uno más de las cosmogonía marvelita y en alguien sin el que no entenderíamos muchas de las cosas que suceden en otros títulos.

Su presencia en la película de Branagh es tal que otra de las cosas más sorprendentes es que, durante toda esa mitad en la que al protagonista no hay asgardiano que le aguante y en la que se comporta (precisamente, es la idea) como un niño rico malcriado, ¿quién es el personaje por el que uno siente más simpatía? Pues Loki, ya que por muy malvado que se vaya revelando, tiene un conflicto que uno puede entender, lo cual SIEMPRE es el camino más corto para crear a un buen enemigo.

Pero vamos, el que a mitad de película uno entendiera la motivación del malo mejor que la del héroe era la demostración de que, por muy simpático que resultara ese mundo de capas, runas nórdicas y actores declamando, algo no funcionaba demasiado bien en la cuarta entrega del Universo Marvel.

 

Ojo de Halcón, ni en los créditos

En estas primeras películas estábamos empezando a tener conciencia de algo. Aunque a Marvel le pudiera fallar alguna pieza, su maquinaria iba a seguir adelante. Todavía no sabíamos que esto iba a traernos hasta aquí, momento en que contamos las semanas para ver a Thanos dejando la Tierra como una discoteca de Magaluf a las 6 de la mañana, pero sí que las mentes de Marvel se estaban tirando a desarrollar un plan que iba a largo plazo.

Así, si la anterior película había sido el momento de presentarnos a Scarlett Johansson como Natasha Romanoff, aquí teníamos citas a pares. Por un lado, el científico Erik Selving (que para ser nórdico tarda un poco de más en encajar las piezas mitológicas que tiene delante) habla sobre un conocido suyo, experto en rayos gamma y que acabó trabajando con SHIELD. ¿Hay algún Bruce Banner en la sala? Y por otro, el ataque de Thor al “hospital de campaña” que rodea a su Mjolnir servía para presentar al otro Vengador que no iba a tener película propia, Ojo de Halcón. Eso sí, todo sin aparición en los créditos para Jeremy Renner, que desde su primera intervención en el MCU ya asumía su rol de percha de los golpes.

Lo único raro de tanta conexión era la escena postcréditos, en la que descubríamos que Nick Furia ya tenía en su poder el teseracto que conoceríamos un par de meses después en Capitan América: El primer Vengador. ¿Fue fruto de un cambio de orden a última hora o la manera que encontraron de introducirnos al objeto que centraría el siguiente título?

 

¿Y Branagh? ¿Qué opina Branagh de todo esto?

Como decíamos al principio, siete años después del estreno, todavía es imposible ver Thor y no preguntarnos qué pintaba aquí un señor que hasta ese momento había dirigido títulos como Enrique V, Los amigos de Peter, Hamlet o Como gustéis.

No es que uno entienda que el trabajo que hizo estuviera mal, pero sí que más allá de ese reclamo publicitario de “Thor es la tragedia shakespeariana del blockbuster moderno”, la aparición de Kenneth Branagh en el ecosistema de Marvel Studios sigue pareciendo rara y fuera de lugar. De hecho, vista la película, el primero que no parece entender lo que está pasando es él, empeñado en meter planos aberrados sin ton ni son, esperando que el desnivel de cámara sugiera una amenaza que durante buena parte del guion no existe.

En cualquier caso, Thor no fue una mala película, aunque tampoco fue un capítulo a recordar con demasiado cariño. Fue un extraño trámite que tuvo que superar el MCU y que dado lo complicado que era el cambio que exigía, casi se puede decir que fue un moderado éxito. Por delante quedaba llevar al personaje desde la solemnidad de este título al desmadre que algún día le tendría reservado Taika Waititi, pero eso es otra historia a la que ya llegaremos en su momento.

Por ahora, una vez salvado el escollo, el Universo Marvel se preparaba para recibir, unos meses después, el debut del último Vengador que quedaba por presentar, quien curiosamente sería el primero de todos: el Capitán América.

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