Por qué ‘La teoría del todo’ no debería ganar el Oscar

Te explicamos por qué el 'biopic' de Stephen Hawking debería ser engullido por un agujero negro en lugar de llevarse la estatuilla.

Por - 17 de febrero de 2015

Ahora que los Oscar 2015 están al caer, en CINEMANÍA aprovechamos un año más para sacarle partido a una de nuestras habilidades más queridas: la de aguafiestas profesionales. Así pues, tomamos a las candidatas a Mejor Película, las ponemos en fila india y las sometemos a un metódico vapuleo del que no se salva ni una sola de ellas. Y, si ayer nos cebábamos con El gran hotel Budapest, sus colores pastel y su esteticismo wesandersoniano, el blanco que hemos elegido para hoy es todavía más irresistible. Porque, aunque Eddie Redmayne trasmita emociones intensas sin mover apenas un músculo de la cara, y aunque la dirección de James Marsh sea muy solvente (al hombre que dirigió Man On Wire, Red Riding Proyecto Nim, nadie le niega el respeto en esta casa), La teoría del todo es una película que exhibe muchísimos de los defectos del cine más comercial y almibarado, y muy poquitas de sus virtudes.

La vida de Stephen Hawking, sin duda el físico más célebre de nuestro tiempo, se merecía un tratamiento más digno que este trabajo tan blandito y tan falto de carisma que, para colmo, aspira a cinco categorías de los Oscar: si coincides con nosotros, recuerda que siempre puedes revisar Hawking, ese telefilme de la BBC protagonizado por un Benedict Cumberbatch jovencísimo (¿ironía?) y que abordaba la trayectoria del sabio con mucho más rigor.

Una mente maravillosa versión 2.0

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Un biopic de un científico insigne, aquejado por una terrible enfermedad que estuvo a punto de acabar con su carrera… ¿Estamos hablando de La teoría del todo? Quizás, pero también podríamos referirnos a Una mente maravillosa, la cinta de Ron Howard que arrasó en los Oscar 2002 llevándose cuatro estatuillas: Director, Película, Guión Adaptado y Actriz Secundaria para Jennifer Connelly. Salvando las oportunas distancias (las tribulaciones de Stephen Hawking tienen poco que ver con las del matemático John Nash -Russell Crowe-, aquejado de esquizofrenia), el atractivo ‘cazapremios’ de estos dos filmes es prácticamente el mismo: ambos nos tienden las trampas de la historia inspiracional, con un héroe que vence adversidades a priori insuperables, y además se abrogan el prestigio del ‘basado en hechos reales’, con todo lo que eso tiene de cebo para las emociones del espectador, y para las de los académicos. ¿La diferencia? Pues que, mientras Una mente… se permitía cierto juego formal, introduciendo elementos de thriller y espionaje, La teoría del todo queda como una historia biográfica del montón, pegajosamente (y perezosamente) apegada a las constantes de su género. Un trabajo de lo más vulgar, vamos, que en ningún caso merece un distintivo de excelencia como es el Oscar. O, al menos, como debería serlo.

¿Cautela, o puritanismo? Ambas cosas

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En la vida real (según nos recuerda La teoría del todo), Stephen Hawking cimentó su leyenda a base de desafíos al establishment científico: cuando la teoría del Big Bang sonaba a choteo, y no a las andanzas de Sheldon Cooper y compañía, postular que el universo había tenido un comienzo, o estudiar la relación entre los agujeros negros y la estructura del espacio-tiempo (¿recuerdas Interstellar?) era portarse como un funámbulo en los límites de la astrofísica. En cambio, si buscamos atrevimiento en La teoría del todo, encontraremos bien poco. La relación entre el protagonista, su esposa Jane (Felicity Jones) y el amigo de ambos Jonathan Hellyer Jones (Charlie Cox) ofrecía una oportunidad fantástica para hablarnos acerca de una familia no convencional, y para analizar los efectos de una discapacidad sobre la vida sentimental (y sexual) de una persona y de su pareja. Una oportunidad desaprovechada, porque el filme opta por pasar de puntillas sobre estos temas, apostando por un ‘sí es, no es’ muy próximo a la moralina puritana. Aun achacándole ésto al respeto por los auténticos protagonistas, que siguen vivos y algo tendrían que decir al respecto, no puede negarse que James Marsh y su filme abordan esta parte del relato, no desde la prudencia o la sensibilidad, sino desde el puro remilgo. Lo cual es bastante cobarde, sí, pero también es adecuado para ganarse a las añejas (en todos los sentidos) sensibilidades de la Academia.

Breve historia del machismo

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Entre los aspectos de La teoría del todo que más pueden irritarnos, hay uno que se lleva la palma: el clamoroso machismo con el que trata a su protagonista femenina. Mientras Jane Hawking se porta como una santa, cargando ella sola con el peso del hogar (algo debido, según admite el filme, a que Stephen se resistió a contar con ayudantes o enfermeros), todo va como la seda. Pero, cuando las circunstancias comienzan a desbordarla, pobre de ella: la óptica de la narración se vuelve mucho menos compasiva, acercándose a veces aquello que, en inglés, se conoce como ‘slut shaming’: reprocharle a una mujer que tenga deseos sexuales, y que lleve éstos a la práctica (o que, al menos, fantasee con hacerlo). Durante la última media hora del filme, [SPOILERS] cuando la sombra del adulterio entra en escena [/SPOILERS], entonces sólo falta que Felicity Jones lleve un cartel de neón sobre la cabeza en el que se lea “golfa”. Un análisis en condiciones acerca de los conflictos internos del personaje (su religiosidad y el amor a su marido contra sus necesidades sexoafectivas) queda mínimamente esbozado, pero nada más, básicamente porque eso requeriría tiempo, e impediría que La teoría del todo apareciese como una sucesión de viñetas acerca de la vida de un gran hombre. Un gran hombre, por cierto, al cual se le aplica el doble rasero de rigor: su divorcio y su segundo matrimonio (con la enfermera Elaine Mason -Maxine Peake-) aparecen cogidos con pinzas, pese a que aquí sí estamos hablando de un auténtico culebrón en el que mediaron un adulterio (real, no supuesto), la hostilidad de los hijos de Hawking e incluso acusaciones de malos tratos. ¿Podemos exigirle a una película que sea políticamente correcta? No. ¿Podemos simpatizar con ella pese a su regodeo en estas actitudes? Tampoco.

Muchos guisantes, pero poca ciencia (y menos política)

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La teoría del todo está en su derecho de centrarse en lo emocional y esquivar lo teórico: si queremos aprender sobre los agujeros negros, ahí están la serie Cosmos y los libros divulgativos del propio Hawking. Además, aquí reconocemos que la película se las apaña como puede para divulgar temas como la oposición entre las patatas de la relatividad general y los guisantes de la física cuántica. Pero, tratando de lo que trata, ¿no debería ponernos un poco al tanto acerca de la faceta académica de Hawking? Además de describir la radiación que lleva su nombre, y de jugarse con Kip Thorne (otro titán de la astrofísica, y amiguete de Christopher Nolan) una suscripción a una revista porno por quítame allá una singularidad, Stephen Hawking ha desarrollado una intensa actividad docente, como titular de la Cátedra Lucasiana de Cambridge, y enzarzándose además en arduos debates científicos, durante los cuales también ha llegado a soltar algún patinazo que otro. Resulta interesante constatar que, pese a partir con las limitaciones de un telefilme y a centrarse también en lo sentimental, Hawking transmitiera mucho mejor todos estos conceptos.  Por otra parte, hablamos de un señor que siempre ha estado muy metido en política, organizando manifestaciones contra la guerra de Vietnam (junto a la actriz Vanessa Redgrave) cuando ya le era imposible, y no callándose nunca sus opiniones antibelicistas, antiimperialistas y antinucleares pese a los años y a la parálisis. ¿Le hace justicia a todo esto La teoría del todo? Nos tememos que no: haber abordado la vida de uno de los individuos más brillantes de nuestra época para reducirla a una feel good movie sin sustancia debería bastar para negarle su visado al Oscar.

¿Dónde están el humor y la mala leche?

Acerca de Stephen Hawking se ha escrito mucho, y a partir de esos testimonios podemos sacar dos conclusiones: este hombre tiene un carácter de perros cuando le tocan sus teorías, y también muchísimo sentido del humor. Facetas ambas que nunca podríamos suponer basándonos en la interpretación de ese Eddie Redmayne tan flojito. Estamos hablando de alguien que, tras participar como estrella invitada en un capítulo de Star Trek: La nueva generación (el resultado, una descacharrante partida de póker entre él, Isaac Newton, Albert Einstein Data, puede verse en el vídeo de arriba), pidió que le sentaran en el sillón del capitán del Enterprise. Tampoco debemos olvidar sus colaboraciones en Los Simpson, sus aspiraciones de convertirse en enemigo de James Bond  y el hecho de que, con 72 años y un estado físico más deteriorado que nunca, sacara fuerzas para asomarse a la gira de reunión de los Monty Python o para soltarle cuatro frescas a su discípulo Sheldon Cooper. Por otra parte, desde la publicación de Breve historia del tiempo en 1988, Hawking ha pisado una línea muy peligrosa: la que media entre su rol como voz de referencia en la ciencia moderna y su estatus como celebrity, querida y admirada por un público que (como nosotros) sólo entiende sus logros de forma muy superficial. Temas todos ellos de lo más interesantes… pero a los que la película apenas hace referencia, quedándose una vez más bailando en el horizonte de sucesos.

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