¿Por qué aceptamos que se martirice a las actrices?

Hitchcock, Kubrick, Von Trier, Kechiche... son conocidos directores tiranos. Sus actrices han logrado reconocimiento, ¿pero de verdad les ha valido la pena sufrir tanto?

Por - 08 de abril de 2016

“Él me hacía… Me sentía absolutamente devastada en el set. Quiero decir, no todos los días pero sí la mayoría. Jennifer [Lawrence] no se lo toma tan en serio. Ella es como el teflón. Pero yo no soy teflón. Y, además, no me gusta ver cómo tratan mal a los demás. No lo veo bien. Para mi la vida es mucho más importante que las películas. Realmente me enseñó a saber separar el trabajo de casa. Porque sentía que no podía llevarme esas experiencias a casa y ver a mi hija.” Amy Adams se lamentaba así en las páginas de la edición de marzo británica de GQ del trato, malo, ejercido por David O’Russell en el set de La gran estafa americana.

Las declaraciones de Adams no han sorprendido en la industria dado que el historial de lunático y desquiciado de Russell cuando rueda es de sobras conocido. En el set de Tres reyes (1999) comenzó a pegarle a un extra y se llevó como merecido una buena sacudida de George Clooney, mientras que es también tristemente célebre el ataque de histeria que tuvo en el rodaje de Extrañas coincidencias (2004), donde la emprendió a gritos con una Lily Tomlin perpleja.

En mayo de 2013, Adèle Exarchopoulos y Léa Seydoux ganaron ex aequo junto a Abdellatif Kechiche la Palma de oro en el Festival de Cannes gracias a sus entregadas interpretaciones en La vida de Adèle. Tan sólo tres meses después ese alborozo se transformaba en reproches y acusaciones cuando las dos actrices confesaron en una entrevista en The Daily Beast que no volverían a trabajar con Kechiche a causa de, tal y como describieron, un rodaje agotador que pasó de los dos meses y medio planeados a cinco, en el que Kechiche dedicó diez días a rodar la escena de sexo de las protagonistas (que dura unos 10 minutos en la película), entre otras cuestiones que a ambas les resultaban incómodas.

Algo más que incomodidad sufrió Shellley Duvall rodando El resplandor a las órdenes de Stanley Kubrick. Más que perfeccionismo, la insistencia del director por repetir una y otra vez y así hasta 127 la escena del baño le resultó enfermiza y hasta se le cayó buena parte de su cabellera debido al estrés que sufrió. Por su parte, Sophie Marceau cumplía la mayoría de edad siendo martirizada, tal y como ella confesó más adelante, por un Maurice Pialat que no dudó, entre otros métodos de dirección controvertidos, en pedir a Gérard Depardieu que abofeteará quizá algo más de la cuenta a la actriz para conseguir hacer creíble una escena de Police (1985). Ella respondió no acudiendo a promocionar la película al Festival de Venecia de ese año. Pialat y Depardieu la tildaron de grosse conne (puta gorda) en público.

Otros directores famosos por su maltrato a actrices son Lars Von Trier y Alfred Hitchcock. Björk, quien fue su actriz fetiche en Bailando en la oscuridad (2000), declaró de Trier que “está necesitado de una mujer para poder llegar a canalizar su creatividad. Y las envidia y las odia por ello, así que necesita destrozarlas cuando rueda con ellas”. Nicole Kidman, quien trabajó bajo su dirección en Dogville (2003), decidió no continuar en la trilogía que tenía pensada el cineasta danés tras un rodaje que le supuso un calvario.

Mientras el ego tamaño XXL de tendencias sádicas del primero se ha demostrado un poco errático a lo largo de su trayectoria cinematográfica, el legado de Hitchcock es a día de hoy indiscutible, incluso cuando sabemos de su obsesión por hacerle la vida imposible a sus actrices en el set (o fuera), tal y como han reconocido muchas de sus rubias intérpretes, sobre todo Tippi Hedren, a quien en el set de Los pájaros (1962) el británico le llegó a lanzar ídems vivos con el fin de conseguir una actuación desorbitada. Hedren cuenta que la traumatizó (casi) de por vida. Esta dinámica abusiva del director con las actrices y especialmente con la abuela de Dakota Johnson cristalizó en la ficción en el biopic The Girl (2012), en el que Sienna Miller hace de Hedren y Toby Jones de un Hitch retratado como un depredador sexual retorcido.

Todas las actrices mencionadas y los directores a cuyas órdenes trabajaron fueron recompensados por tanto “esfuerzo”. Adams, por ejemplo, logró su primer Globo de oro por La gran estafa americana, Seydoux y Exarchopoulos la Palma de oro en Cannes, Björk fue aclamada con el premio a la interpretación femenina en La Croisette (también Kirsten Dunst lo consiguió por Melancolía (2011)); mientras que las obras en las que el resto de actrices participaron no se entienden sin su entrega sacrificada.

Pero, ¿realmente les compensó el ser reconocidas sufrir todo lo que padecieron en el set a tenor de sus declaraciones posteriores? Y, por otra parte, ¿por qué aceptamos que algunos cineastas martiricen de este modo a las actrices con las que trabajan? Es obvio que si los directores citados hubieran sido amables con sus actrices no habrían extraído de ellas esa excelencia interpretativa, pero parece claro también que muchos de ellos han hecho de ese abuso una suerte de marca profesional que al mismo tiempo está considerada respetable, hasta de prestigio, cuando se evalúan los resultados por encima de los medios necesarios para conseguirlos. ¿Es esa la única razón por la que los estudios siguen confiando en ellos para hacer películas: los premios y, por extensión, los logros de la taquilla?

Aunque muchos lectores señalarán no sin razón que también hay actores que han sufrido en sus carnes los maltratos de quienes los dirigían en el set (el tándem destructivo más conocido al respecto es el formado por Francis Ford Coppola y Martin Sheen durante el rodaje de Apocalypse Now, aunque Sheen no fue el único humano ni animal que recibió en ese set) pero en la mayoría de ocasiones esas dinámicas crueles y sádicas, algunas sadomasoquistas, tienen que ver con directores y actrices, cineastas y sus protegées. O al menos, hasta el momento son las que han sido toleradas por el entorno cinematográfico, que no olvidemos es de mayoría masculina. Y es que el cliché nos dice que los mejores directores de cine son los tiranos –como dejan caer en un reportaje de la BBC de 2014- y aunque sea cierto que muchos de esos cineastas han conseguido ser reconocidos por llevar más allá de los límites a su equipo, a su obra y también al público, no siempre ejercer el poder en un set debería relacionarse con sobrepasarse.

También parece que el público no tiene muchos dilemas éticos cuando se trata de ir a ver una película construida en esa relación de dureza. La capacidad de aguante es una de las características que apreciamos de los actores (¿Hasta dónde pueden soportar sus cuerpos? ¿Cuánto podrán engordar o adelgazarse? ¿Cómo son capaces de modificar sus figuras de este modo? ¿Cuál es el límite de su sufrimiento, de su alegría, de sus emociones?) y valoramos el naturalismo de las interpretaciones hasta tal punto que buscamos obras en que se desdibuje esa frontera entre realidad y artificio, verdad y ficción. Es, como se ve, un debate controvertido que no sólo tiene como implicados a directores y actrices, directoras y actores, sino que al final pone de relieve no sólo las oscuras intenciones de quienes manejan los hilos de las historias y de quienes se acercan a las salas a verlas, también las confusas fronteras de los actores, sus métodos de interpretación y sus límites para alcanzar el aplauso en arenas tan exigentes como Cannes o Hollywood.

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