Mi vida amorosa es un desastre por culpa de Woody Allen

A continuación describimos los problemas románticos que puede ocasionarte ser fan de Woody Allen

Por - 16 de octubre de 2016

Tenía unos 13 años cuando vi la primera película de Woody Allen. La elegí de entre todas las películas en VHS que coleccionaba mi padre porque me gustaba la portada. Azul, con un título de letras amarillas que rezaba: Misterioso asesinato en Manhattan NO ME GUSTÓ NADA. No entendía los gags, no había misterio por ningún lado, el protagonista era feísimo y antipático y me aburrí como una ostra. Se lo comenté a mi padre indignado, porque él, muy cinéfilo, tenía la culpa de que hubiera perdido dos horas de mi vida. Y me dijo: “Aún eres pequeño para Woody Allen”. Uff, me sentó como un puñetazo en el estómago. Pero en vez de rebelarme lo dejé estar y no volví a ver una película de Allen en varios años.

Sin embargo, algo había empezado a crecer en mi interior. Misterioso Asesinato en Manhattan movió alguna tecla. Aún no sé explicarlo con exactitud pero el caso es que por aquel entonces andaba yo enamorado de una tal Isabel Sánchez de mi clase. Ella era atrevida, guapísima y mucho más audaz que yo. Yo era un niño bueno, que no se metía en líos, cómodo, nada aventurero, no jugaba al fútbol ni me peleaba. Y por alguna extraña razón Isabel me pidió que fuéramos novios. Qué felicidad, qué exultante estaba yo… Pero la dicha no duró. Ella me pedía que hiciera cosas que a mí me daban miedo o pereza y comenzamos a distanciarnos, se comenzó a ir más con otros chicos más aventureros (o que pretendían serlo) y yo sentí como el amor de mi infancia se me escapaba de las manos. Y ahí estaba yo, con 13 años, viviendo exactamente la misma experiencia que ese marido paranoico de Misterioso Asesinato en Manhattan. Me quedé plantado saboreando la ironía de mi propia desgracia… Sé que este fue el punto de inflexión.

Mis primeros orgasmos

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Un par de años después me atreví con El dormilón, tan fan que era yo de los viajes en el tiempo, no se me ocurrió mejor título que este para volver a probar suerte con Woody Allen. No paré de reírme con esa delirante comedia sobre un clarinetista que permanece en hibernación 200 años y se despierte en un futuro lleno de ciudadanos autómatas.

Fue en esa época cuando descubrí la masturbación. Entre varios compañeros de clase nos pasábamos una revista erótica con la que teníamos nuestros primeros orgasmos. Sí como la bola de la risa que manosea el mayordomo Woody Allen en la película. Habíamos descubierto la masturbación y yo, igual que el clarinetista de El dormilón, me volví un auténtico adicto. Si hubiera existido un orgasmatron no hubiera salido de él.

La masturbación se volvió una afición y aunque iba a un colegio católico donde me implantaban esa moral judeo-cristiana de culpa y de ausencia de placeres yo prefería ver películas de Woody Allen. Donde en vez de relegar el onanismo al pecado se decían cosas como “La masturbación es el sexo con alguien a quien amas”. De hecho, casi me parecía un mandamiento.

Esta frase pertenece a Annie Hall, lo que nos lleva a la siguiente parte de mi vida sentimental.

Mis primeros líos

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Fue a los 16 cuando tuve mis primeras relaciones románticas, al mismo tiempo que engullía una y otra vez dos de los pilares de la filmografía de Woody Allen, Manhattan y Annie Hall.  Todo cambió para mí. Todos mis amigos buscaban el santo grial, su primer polvo. Sin embargo, yo anhelaba una conexión más profunda que eso. Yo quería tener lo que Woody Allen y Diane Keaton tenian en Annie Hall. Quería vivir mi propio amor de los 70, en los 2000. Ir al cine, charlar sobre Nietzsche… ya sabéis. Así que me enamoré de la chica más neurótica del instituto. Fue terrible, bien es cierto que hubo momentos en los que lo pasamos muy bien, yo planificaba escenas como la de las langostas para hacerla reír:

Ella me enseñó a beber, a consumir drogas blandas… Cosas prácticas. Yo le descubrí el cine de Ingmar Bergman y el de Adolfo Aristarain.  Y un día lo nuestro dejó de funcionar, ella se aburrió y yo ya no soportaba tanta presión. Cuando cortó conmigo no me quitaba de la cabeza la imagen de un tiburón muerto.

“Una relación es como un tiburón; tiene que estar continuamente avanzando o se muere. Y me parece que lo que aquí tenemos es un tiburón muerto.” Annie Hall

En esa época empecé a fumar, no porque me gustara, claro…

Manhattan supuso para mí una revelación romántica sin precedentes. Quería vivir en un mundo en blanco y negro. Quería pasar toda la noche con una chica, hablando, sentados en un banco, viendo amanecer. Ese verano podría haber sido una auténtica locura, pero por culpa de Woody Allen todo se estropeó. Las novias de mis amigos se me antojaban, me parecían mucho más cool que todas las demás chicas solteras de mi alrededor… Y no sólo no conseguí nada con ninguna, sino que me quedé sin amigos.

Mi primera novia (seria)

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Ella se llamaba Lucía. Perdí la virginidad con ella. El sexo era un auténtico espectáculo de fuegos artificiales y sí, la conocí porque me la presentó un amigo que por supuesto dejó de ser mi amigo cuando Lucía y yo nos liamos. Recuerdo que fui a ver con ella Melinda y Melinda. Nos gustó mucho, sobre todo la parte de comedia y sin embargo, nuestra historia fue más parecida a Todo lo demás, con Jason Biggs y Christina Ricci.

Yo era Jason Biggs, un tipo sensible con aspiraciones artítisticas loco por sus huesos y ella era Christina Ricci, pura sensualidad, manipuladora y arrebatadora al mismo tiempo. Pasamos del sexo incendiario a la sequía más atroz. Y el resultado fueron unos cuernos terribles. Me sentí así cuando me enteré de su traición:

Mi primera infidelidad

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Aquí Woody Allen sí que me la jugó. Cuando vi Hannah y sus hermanas me empecé a obsesionar con la hermana de mi novia. Mi novia se llamaba Macarena García, como la actriz. Y era encantadora, bondadosa e inteligente, y guapa. Pero su hermana… Cuando venía a casa temblaba como Michael Caine, provocaba roces absurdos, la piropeaba y la miraba intensamente. El sexo con Macarena pasó a ser mi momento para fantasear con su hermana. No me dio por seguirla pero si por ir de visita a su casa de manera improvisada buscando que quizá algún día…

Comencé un descenso a los infiernos que desembocó en la boca de otra, ni de Macarena, ni de su hermana. Y todo comenzó a ir a peor. Sin embargo, esta vez también fue el mismo Allen el que me salvó. Fui al cine a ver Match Point y a pesar de ser una tragedia terrible, esa historia sobre un profesor de tenis muy ambicioso que entra en la alta sociedad londinense y se encapricha de la novia de su amigo me abrió los ojos.

Mi primera ruptura

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ALa primera vez que rompí yo. No es fácil romper pero después de todo lo que pasó con mi segunda novia seria, Macarena, tuve que armarme de valor y dejarla. Hay que ser valiente para hacer daño a alguien a quién quieres. Pero tenía que ser honesto conmigo mismo, tan honesto como Woody Allen cuando declaró que su serie Crisis in Six Scenes iba a ser un ridículo universal.

El caso es que tras mi recién estrenada libertad y con los 24 años recién cumplidos fui a ver Vicky Cristina Barcelona y me di cuenta de que tenía que hacer un trío.

Y lo hice, y fue horrible. Porque yo no tengo el carisma de Javier Bardem, porque yo no tengo tanto instinto sexual porque a quién quiero engañar, yo soy más Kenneth Branagh en Celebrity.

Y por último la maldita nostalgia

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A punto de los 30 me he convertido en Lee Simon, el protagonista de Celebrity. Voy por ahí sintiendo que no le he sacado partido a la vida, enamorándome de las Winona Ryder de turno y siempre me dejan ellas primero. Y anhelando otras épocas que ni siquiera he vivido, como Owen Wilson en Midnight in Paris. Me inunda la nostalgia, me veo desenfocado como Robin Williams en Desmontando A Harry. Sé que ya no seré nadie brillante, sobrevivo como John Cusack en Balas sobre Broadway. Pero por culpa de Woody Allen sigo esperando que un día de lluvia alguien entre por la puerta. Una visita inesperada que me cambie la vida, que convierta mi existencia en el más terrible drama o en la más alocada comedia.

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