Mari Okada: la mirada imprescindible del anime actual

'Maquia: Una historia de amor inmortal' no es solo una de las mejores películas animadas del año: también es el debut como directora de una artista única.

Por - 07 de noviembre de 2018

Toda obra de ficción está atravesada por las experiencias del autor. Sus pensamientos, vivencias y sentimientos. No hay nada raro en eso. Todos somos humanos y construimos historias en relación a nuestros intereses y vivencias. Por eso es importante la diversidad de voces en la ficción. No sólo porque sea más justo, sino también porque personas con un trasfondo diferente tendrán historias muy diferentes que contar.

En el caso de Mari Okada, reputada guionista cuyo debut como directora (Maquia, una historia de amor inmortalse estrena ahora en España, eso es particularmente evidente. Pues tanto su vida como su carrera se parecen poco a las de ningún otro escritor actual, ni dentro de la animación made in Japan ni en casi cualquier otra cinematografía.

Nacida en 1976 en Chichibu, un pequeño pueblo de montaña, su infancia fue cualquier cosa menos ideal. Con su padre desentendiéndose de ella al nacer y viéndose su madre en la tesitura de criarla sola, las cosas se torcieron definitivamente para Okada al entrar en el colegio. Allí sufrió un caso severo de acoso escolar, lo cual le llevó a no querer acudir a clase, haciendo que se quedara encerrada en su habitación durante largos periodos de tiempo. Eso llevó a una gran tensión en su vida familiar, que condujo a que su madre, en un arrebato de ira, intentara matarla armada con un cuchillo de cocina mientras ella se defendía a duras penas. Algo que, si ya sería traumático para cualquier adulto, no lo fue menos para una Okada que, por aquel entonces, sólo había empezado el instituto.

Como es lógico, a partir de entonces, su relación con su madre y el pueblo que la vio a nacer sólo fue a peor. No saliendo de casa apenas nunca, limitándose a jugar a videojuegos y leer, su vida solo cambió algo cuando decidió presentarse a las pruebas de selectividad. Las cuales aprobó a pesar de no haber ido prácticamente nunca a clase. Y de ese modo, gracias a su increíble voluntad, pudo hacer aquello que necesitaba hacer: marcharse de Chichibu. Un traslado a Tokio, donde se mudó para estudiar escritura de videojuegos, le dio la independencia de la que nunca había gozado hasta entonces. Y también la posibilidad de hacer lo que de verdad quería hacer desde que en el colegio, gracias al interés de un profesor, ganó un concurso de escritura: ser guionista.

Si bien tuvo problemas para conseguir superar su ansiedad social y conseguir trabajo en un mundo movido enteramente por los contactos, Okada consiguió casi por accidente un trabajo que le dio su primera oportunidad laboral en el mundo del guion. Teniendo que asistir a una reunión de guion de un anime en el cual sólo tenía que encargarse de transcribir las notas a mano del guionista, el director, interesado por sus ideas, le pidió que le comentara cómo mejoraría el guion. Impresionado con sus ideas, el director, Tetsurō Amino, le pidió que trabajara en la producción de la serie. De ese modo, Okada consiguió su primer trabajo de guionista: escribir cinco episodios de un poco conocido anime de ciencia ficción llamada DT Eightron.

En cualquier caso, eso sólo fue el principio. La primera de las muchas series por venir. A fin de cuentas, se pasaría la siguiente década y media trabajando en la industria. Hasta que, en 2011, estrenaría la serie por la que es más conocida: AnoHana: The Flower We Saw That Day. Tratando la historia de Jintan, un joven hikkikomori que se niega a salir de su cuarto, AnoHana es la historia del reencuentro de un grupo de muchachos muchos años después de la misteriosa desaparición de una de las chicas del grupo, Meiko Honma, más conocida como Menma. Historia que tiene mucho de la propia vida de Okada, no sólo por el parecido entre su historia y la de Jintan, sino porque el director del show, Tatsuyuki Nagai, insistió en que debía ambientarse en un lugar que Okada conocía demasiado bien: la ciudad de Chichibu.

A pesar de sufrir varios retrasos y problemas de producción debido a la comprensible negativa de Okada de ambientar la historia en ese lugar que tanto detestaba, AnoHana fue un éxito tremendo. Eso hizo que la siguiente obra conjunta de Nagai y Okada, El himno del corazón, volviera a ser ambientada en Chichibu, creando así un irónico retorno. El lugar que había torturado durante dieciocho largos años a la autora fue también el lugar representado en sus mayores éxitos hasta la fecha.

Por supuesto, eso no significa que la obra de Okada se limite a las obras más celebradas por crítica y público. Antes de que Chichibu pudiera soñar siquiera con la redención en formato animado, ella ya había trabajado en animes tan relevantes como Darker than Black o las adaptaciones de Toradora y Wandering Son. Obras muy aclamadas que, de hecho, permitieron a Okada tener una posición de privilegio en la industria: justo lo que necesitaba para emprender un proyecto tan personal y tan delicado como es AnoHana.

Después de ese éxito, Okada no ha dejado de trabajar. Suyos son los guiones de obras tan interesantes como Lupin the Third: The Woman Called Fujiko Mine, Kiznaiver Hisone y Masotan: a lomos del dragón, auténticos monumentos a la creatividad de la ficción contemporánea. Eso sin contar su regreso al lado de Tatsuyuki Nagai en una de las mejores series de los últimos años, en el anime o cualquier otro medio, Mobile Suit Gundam: Iron-Blooded Orphans.

De hecho, no es de extrañar que casi todos los directores que han trabajado con Okada hayan intentado volver a trabajar con ella en algún momento posterior. No sólo por lo extremadamente prolífica que es, manteniendo un nivel altísimo en todos los trabajos que asume, sino también porque, en palabras del propio Nagai, Okada tiene una cualidad única. Es capaz de ver al instante que es lo que falla y qué hace falta para arreglar un determinado guión. Y que, incluso en la situación más desesperada, sea capaz de encontrar al momento una idea genial capaz de reencauzar o iniciar un nuevo proyecto prácticamente desde cero.

Por todo lo anterior no es extraño que ahora Okada de el salto a la dirección con Maquia. Una película que ha sido un apabullante éxito de crítica y público en su Japón natal y que es, por fin, una obra donde Okada puede controlar hasta el más ínfimo detalle de la historia que quiere contar. Incluido el lugar donde transcurre, un mundo de fantasía que no se parece en nada a Chichibu.

En cualquier caso, Okada es mucho más que sus experiencias. AnoHana no es brillante por transcurrir en Chichibu o por el parecido con los pesares juveniles de la autora, sino por la delicadeza con la que están tratados los sentimientos de un grupo de chicos adolescentes teniendo que aprender a lidiar con la pérdida. Porque, en última instancia, las obras de Okada tratan de eso. De la pérdida, el amor, el reconocimiento y la aceptación. Temas universales que van más allá de los eventos de su vida que pueden haberla marcado, pero no la definen como persona, menos aún como profesional.

Okada es brillante por su escritura, no por las cosas que le hayan pasado en la vida. Y eso es algo que es imposible no ver atendiendo a la extensión y calidad de toda su obra.