[Málaga 2019] ‘Buñuel en el laberinto de las tortugas’: Viaje a ‘Las Hurdes’ de Buñuel

Salvador Simó recrea el rodaje de la tercera película del cineasta aragonés con veracidad y poesía

Por - 18 de marzo de 2019

Buñuel era un bruto muy delicado. Para contar la miseria de Las Hurdes, esa región extremeña que había descubierto a través de la tesis doctoral de Legendre, se entregó en cuerpo y alma a una serie de tropelías políticamente incorrectas: disparó a una cabra, hizo pasar a un bebé dormido por uno muerto y se inventó que una niña con una infección en la boca había pasado a mejor vida. El aragonés había llegado a la región desde París tras el escándalo de La edad de oro, su anterior película, y tras su ruptura con los surrealistas y, por encima de todo, con Dalí. El rodaje de Tierra sin pan solo fue posible por los azares del destino. Su amigo, el artista anarquista Ramón Acín, le había prometido que si ganaba la lotería le pagaría la película y eso fue exactamente lo que pasó. De cómo cumplió su palabra es de lo que trata Buñuel en el laberinto de las tortugas.

Lo primero que resulta curioso de la película de Salvador Simó, inspirada a su vez en la novela gráfica de Fermín Soís, es que está mucho más pegada a la realidad de lo que nunca estuvo Tierra sin pan. Desafiando esa dudosa frontera entre la ficción y el documental, aquí nos encontramos una ficción que es más rigurosa que el supuesto documental de Buñuel. Simó falsea en contadas ocasiones la Historia –tal vez porque ya de por sí es una buena historia– y hace un retrato del cineasta aragonés despojado de idealismos, natural, tan bruto como él mismo se presenta en Mi último suspiro, sus memorias. De hecho, Buñuel en el laberinto de las tortugas gana cuando se ciñe a la realidad y no tanto cuando se deja llevar por los sueños del cineasta, una decisión que en cualquier caso nos recuerda el potencial creativo de cualquier filme de animación.

Hay algo más a destacar en la obra de Simó y es esa mezcla hermosísima de animación –una animación de colores palos, tan rústica como el aragonés– y las imágenes en blanco y negro de Tierra sin pan que filmó el propio Buñuel. El resultado tiene algo de poético y trasciende la ya de por sí encomiable labor de recuperación de nuestro patrimonio histórico en estos tiempos de triunfo de la incultura. Tal vez se eche de menos un mayor desarrollo de la amistad entre Buñuel y Acín, y sobre todo, que la muerte del segundo –lo fusilaron por anarquista junto a su mujer al estallar la Guerra Civil– se hubiese tratado en mayor profundidad, dándole a Buñuel en el laberinto de las tortugas la dimensión histórica que sin duda también tenía Tierra sin pan.

‘Tierra sin pan’, la película que Buñuel se jugó en la lotería

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