[Las Palmas 2019] En ‘La portuguesa’, Rita Azevedo Gomes saca luz de la palabra

Tomando como base un relato de Robert Musil, la directora de 'La venganza de una mujer' alcanza un nuevo milagro fílmico que aúna palabra, imagen y sentimiento.

Por - 27 de marzo de 2019

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  • Dicen los evangélicos que en el principio fue el verbo, y también sucede en el cine de Rita Azevedo Gomes. La directora portuguesa, uno de los pocos talentos rotundos del cine actual, quien con cada nueva película da una lección de sensibilidad y rigor cinematográficos al margen de cualquier condicionamiento que no sea su propia pureza artística, es una maestra de lo que se denomina el cine de la palabra, pero en su nueva La portuguesa apuesta más que nunca por la narración visual que prescinde de los diálogos.

    Después de haber adaptado textos de autores como Stefan Zweig, Jorge de Sena. Sophia de Mello Breyner AndresenJules-Amédée Barbey d’Aurevilly, la cineasta ha tomado un relato de Robert Musil (a través de una adaptación de Agustina Bessa Luis) como base para la expansión plástica y psicológica de una breve historia de amor, espera y renuncia. La portuguesa cuenta la relación entre una mujer portuguesa (Clara Riedenstein, la rutilista Sara de John From) con un noble austriaco (Marcello Urgeghe) que tras casarse con ella parte a la guerra y la traslada a un castillo de Italia donde ella se queda esperándolo 11 años.

    Como una Penélope esperando a Ulises pero desplazada en una tierra extraña, rodeada de sirvientes y protocolos que ahogan la libertad y el tedio del día a día, la portuguesa anhela los regresos intermitentes de su amado, más preocupado por la gloria de una guerra contra el obispo de Trieste que el placer de lanzarse fruta fresca en el baño con su amada (una secuencia magistral que no necesita diálogos para exponer el juego de seducción, perdón y reproche de la pareja).

    Una vez más con un trabajo lumínico magistral del director de foto Acácio de Almeida, pero cambiando la teatralidad expandida de La venganza de una mujer por un banquete de paisajes, exteriores e interiores con iluminación natural, la cineasta portuguesa compone el relato prácticamente a través de una sucesión de tableaux vivants de cuidadísima puesta en escena y acciones simultáneas en varios planos gracias a la perspectiva de una honda profundidad de campo. Casi diríamos que se trata de su película más ambiciosa si no fuera porque ya en 1990 debutó con un engranaje de ficciones tan intrincado como O som da terra a tremer.

    La portuguesa es una filigrana de luz, palabra y emoción. Su proyección en el Festival Internacional de Cine de Las Palmas tuvo la afortunada coincidencia de compartir espacio con el anime Belladonna of Sadness, de Eiichi Yamamoto (programado dentro de la carta blanca propuesta por la pareja de directores Cattet & Forzani). Aunque en parámetros estéticos alejados a varias galaxias de distancia, el estallido de libertad formal del fantástico cuento medieval de Yamamoto bien podría tener un inesperado acompañamiento en las imágenes cautas y pictóricas de Azevedo Gomes. Tan distantes como los amantes de La portuguesa, igual de inclinadas a entrelazarse.

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