‘La boda de mi mejor amigo’: La comedia más infravalorada de los 90 cumple 20 años

¿Recuerdas cuando Julia Roberts se volvió mala malísima? Estas son las razones por las qué el filme de P. J. Hogan se merece la condición de clásico

Por - 13 de junio de 2017

Si la viste en pantalla grande, ahora sentirás que los años te pesan, pero las risas te ayudarán a sentirte joven. Y, si la descubriste en formato doméstico, seguro que das las gracias por semejante descubrimiento, capaz de alegrar mil y una tardes de domingo. La boda de mi mejor amigo, el filme con el que Julia Roberts nos demostró que podía ser una perversa destrozahogares, se estrenó en julio de 1997, y sigue siendo una de las comedias más atípicas, y menos valoradas, de su época. En honor a la malévola Jules, dispuesta a arruinar el enlace del chico que le gusta (y las vidas de todos los que se  interpongan en el proceso) para conseguir llevárselo al altar, exponemos 7 razones por las que este filme se merece la condición de clásico.

Cuando Julia es mala, es mejor

Ahora mismo, es fácil olvidarlo, pero la carrera de Julia Roberts en 1997 no era exactamente sólida. Sí, la actriz tenía en su currículum el megaéxito de Pretty Woman, e intervenciones en títulos de prestigio (El juego de Hollywood), pero también había participado en la película más denostada de Spielberg hasta la fecha (Hook) y en pinchazos como Mary Reilly. La boda de mi mejor amigo puso de relieve su talento como actriz haciéndola jugar a la contra: en lugar de una chica sencilla de buen corazón, la Roberts encarnaba aquí a una mujer sofisticada, elegante, culta… y más mala que la quina. Una protagonista del todo inesperada, pero a la que el filme debe buena parte de su fuerza.

Cameron es cosa fina (y cómo desafina)

Si has visto La boda de mi mejor amigo, entonces recuerdas esa encerrona en el karaoke. Cuando la pérfida Jules (Roberts) quiere que su rival Kimberly se ponga en evidencia, la presiona para que cante una canción. Y, aunque la chica se niega al principio, los ardides de la muy bruja acaban resultando en la interpretación de I Don’t Know What To Do With Myself más estridente de la historia. El numerito hace daño a los oídos… pero todos los presentes acaban aplaudiendo, porque a la rubia le sobra desparpajo. Natural: el nombre de la actriz que la interpreta es Cameron Diaz, y (aunque ya se ha dado a conocer con La máscara) está a sólo dos años vista de llegar al superestrellato gracias a Algo pasa con Mary.

Dínoslo cantando

Más allá de las maldades de Julia Roberts, de la sonrisa de Cameron Diaz, de los cortes de Rupert Everett o de lo soso que resulta Dermot Mulroney como galán, hay algo que todo espectador de La boda de mi mejor amigo guarda en su corazón. ¿De qué hablamos? De los números musicales. Desde los títulos de crédito hasta esa apoteosis con I Say A Little Prayer en modo coral, a este filme le sobran los acordes y las corcheas. Y justo en un momento en el que (cuatro años antes del estreno de Moulin Rouge!) todo el mundo daba al género por acabado.

Esos diálogos matan (de risa)

“La créme brulée nunca podrá ser gelatina”. “Es dulce, es adorable e es insoportable de cojones”. “Eres el pus que infecta los mocos que le crecen al moho del fondo del estanque”. Y la definitiva: “Michael persigue a Kimmy, tú persigues a Michael, y ¿quien te persigue a ti? Nadie”. Si esta película resulta heredera de la mejor screwball comedy (el género de Historias de Filadelfia La fiera de mi niña) es, en gran medida, por esas líneas de diálogo capaces de aplastar enemigas, verlas destrozadas y escuchar los lamentos de sus novios. Pero siempre con buen humor. Ya se sabe: “Puede que no haya sexo, pero seguro que habrá baile”.

Mujeres en tres dimensiones

Pese a todo su ingenio y su vitriolo, La boda de mi mejor amigo no tendría su estatus de culto si careciese de la que, probablemente, sea su arma más poderosa: sus dos protagonistas femeninas son creíbles. Jules es una bicha egoísta y manipuladora, pero también es una mujer presionada por el miedo a sacrificar su vida afectiva por su carrera. Y Kimmy es joven y es ingenua, pero no es estúpida, y, cuando se percata de los manejos de su rival, sabe plantarle cara. Y vaya que si sabe: la antológica pelea de gatas en los lavabos del estadio (con el resto de señoras ejerciendo de coro griego) es la prueba. Lo cual nos lleva a nuestro siguiente punto, que es…

La comedia anti-romántica

¿Por qué La boda de mi mejor amigo sorprendió en el año de su estreno, y sigue sorprendiendo ahora? Pues a lo mejor esto es un tiro al aire, pero posiblemente esto se deba a que la película destroza los tópicos de su propio género. Una protagonista avispada, una promesa juvenil, la última esperanza de vivir el romance de tus sueños… todas estas constantes son demolidas durante la historia. De hecho, el que peor queda es el galán Michael (Mulroney). Un señor que se ha pasado una década teniendo en un ‘sí es – no es’ a esa chica que bebe los vientos por él, y que permite al (presunto) amor de su vida aparcar su educación y su vida personal para encasillarse en el papel de esposa. Tal vez lo mejor que podrían haber hecho tanto Jules como Kimmy es mandar al pairo a ese machito.

¿Dónde está P. J. Hogan?

Hablar de La boda de mi mejor amigo es hablar de su director, un cineasta australiano que prometía llegar a lo más alto… y cuya carrera quedó estúpidamente truncada. Llegado a la fama gracias al éxito de La boda de Muriel en 1994 (una película feísta, cruel y que atacaba el mito del amor romántico: ¿de qué nos suena?), Hogan dio el salto a Hollywood con este filme. Y, después, firmó Peter Pan: La gran aventura (2003), seguramente la mejor adaptación en imagen real de la obra de J. M. Barrie… que fracasó en taquilla y lo arrojó al ostracismo, firmando de cuando en cuando trabajos de derribo como Confesiones de una compradora compulsiva (2008). En España, Hogan ha dado sus últimas señales de vida como escritor de la interesante La modista, pero a nosotros nos gustaría verle dirigiendo de nuevo una screwball a todo lujo.

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