‘El rey de la comedia’: La película de Scorsese que ha inspirado ‘Joker’

El regreso del Príncipe Payaso del Crimen promete beber a chorros de este filme en el que Scorsese observó el lado oscuro del humor y las 'celebrities'.

Por - 03 de abril de 2019

“Si una película de Batman se hubiera rodado a comienzos de los 80, ¿quién habría sido el intérprete perfecto para Joker?”. Una pregunta con mucho peligro, esta, que obliga a revisar el inventario de actores especializados en volverse majaras frente a la cámara: la opción de decir “Jack Nicholson” siempre está ahí, pero los habrá que opten por Christopher Walken, Dustin Hoffman, Al Pacino, Donald Sutherland o incluso comediantes como Rik Mayall (Los jóvenes) o ese Bill Murray que por entonces lo petaba en Saturday Night Live. Soñar es gratis, y todo es cuestión de gusto y variedad.

Nosotros, sin embargo, tenemos una opción clarísima que el póster y el tráiler de Joker han confirmado por completo: se trata de Robert De Niro. ¿Por qué nos quedamos con el actor de Taxi Driver, si su especialidad son los individuos turbios y reconcentrados? Pues porque, en cierto modo, él ya dio vida a una versión del Príncipe Payaso del Crimen. Además, lo hizo a las órdenes de un director del que fue inseparable y cuyo nombre sonó en relación con la película que protagoniza Joaquin Phoenix. Se trata de El rey de la comedia (1982), uno de los trabajos más olvidados de Martin Scorsese… y también uno de los mejores.

De Niro y Scorsese se embarcaron en El rey de la comedia dos años después de que Toro salvaje cosechara críticas estupendas, una taquilla tirando a floja y dos Oscar: aquejado por problemas de salud y adicciones diversas, ‘Marty’ estaba decidido a rodar La última tentación de Cristo como testamento artístico para después retirarse del cine de ficción. Ante tal panorama, ‘Bobby’ se vio en el papelón de sacar de nuevo a su amigo del marasmo existencial: el actor compró los derechos de un guion que había pasado por las manos de Bob Fosse y se lo tendió a Scorsese diciéndole (suponemos): “Déjate de pamplinas religiosas y vamos a rodar una peli de risa”.

Ahora, la pregunta del millón: ¿es El rey de la comedia una comedia? Pues no exactamente, salvo que a uno le guste el humor negro como la pez que se regodea en las mentes desquiciadas y las vidas miserables. Un humor como el que le gusta a Joker, vamos. Y ahí es donde nos encontramos con nuestro protagonista, el inigualable Rupert Pupkin (De Niro). Se trata de un tarado residente en Nueva York (cómo no) cuyos intereses vitales se reducen a dos: parasitar a las celebrities y triunfar en el mundo del stand-up. En especial, Rupert está obsesionado con Jerry Langford, un comediante de éxito y presentador de TV interpretado por nada menos que Jerry Lewis. Para llegar a la fama de una vez, nuestro antihéroe tomará la contundente decisión de secuestrar a Langford (ayudado por una amiga tan majara como él, interpretada por Sandra Bernhard) y exigir como rescate que le dejen actuar en su programa. Como él mismo dice: “Mejor ser el rey por una noche que un pringado toda tu vida”. 

Dada la fama del director de El profesor chiflado, sumada a la del propio Scorsese, uno podría imaginarse que el rodaje de El rey de la comedia fue un grandísimo infierno de egos y conflictos. Pero por entonces Lewis había escarmentado tras el fiasco de The Day the Clown Cried (si existe una copia de esa película en el Universo DC, seguro que Joker la guarda en su guarida de Gotham City) y una etapa como profesor de cine en la que tuvo a George Lucas entre sus discípulos. De modo que, pese a haber cosechado su primer éxito de taquilla en mucho tiempo con Hardly Working (1981), le prometió solemnemente a Scorsese que trabajaría duro y no se portaría como un divo. Un juramento que cumplió.

En realidad, quienes se volvieron locos en El rey de la comedia fueron De Niro y el propio Scorsese. Luciendo un corte de pelo y un bigotillo inspirados en los maniquíes de una tienda de ropa (la de Lew Magram, el autoproclamado ‘sastre de las estrellas’), el actor decidió prepararse para su papel de una manera muy curiosa: acosando a los cazadores de autógrafos que solían acosarle a él, preguntándoles por sus motivaciones y, es de sospechar, asustándoles mucho. En cuanto al cineasta, no acababa de encontrar el tono para su filme, con lo que incluso los diálogos más sencillos podían repetirse durante 30 tomas o más. Todo ello con la presión de una inminente huelga de guionistas que obligó a terminar el rodaje en tiempo récord.

El montaje de la cinta también fue una ordalía, y no porque los chistes de Rupert no tuvieran ni maldita la gracia (que también) sino porque Scorsese descubrió que se veía reflejado en el personaje y su obsesión por el éxito. “No me di cuenta de qué iba la película hasta el montaje, y lo que vi no me gustó”, confesó en 2016. Para colmo, el estreno le obligó a reconocer una ardua realidad: aunque los críticos se manifestaron tibiamente a favor del filme, una película satírica sobre el culto a la fama no pegaba ni de lejos con el espíritu triunfalista de los 80. El rey de la comedia había costado 19 millones de dólares… y solo recaudó dos millones y medio en taquilla.

Por suerte, el paso del tiempo ayuda a ponerlo todo en su sitio. Los sucesivos encuentros entre Jerry Lewis y un De Niro cada vez más desquiciado, los monólogos de este último en su habitación llena de famosos de cartulina (entre ellas, Liza Minelli, que había sido amante del director) o acoso de Bernhard (¿hemos dicho ya que esta chica habría sido una Harley Quinn perfecta?) a un Lewis casi momificado con cinta adhesiva son clásicos de la comedia de vergüenza ajena. Y, aunque finalmente Scorsese no haya producido Joker, los paralelismos entre Rupert Pupkin y el archienemigo de Batman son más que evidentes: la única diferencia es que uno de ellos está algo más loco que el otro. Y no vamos a decir cuál de los dos es.

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