David Robert Mitchell: el hombre que retrataba la adolescencia

El director de 'It Follows' vuelve al thriller psicosexual en 'Lo que esconde Silver Lake': ¿estamos ante un maestro del cine moderno, o ante un misógino con síndrome de Peter Pan?

Por - 28 de diciembre de 2018

Crecer es descubrir aquello que estaba oculto. Oculto, no porque se encontrase escondido para todos, sino porque lo estaba para ti. De ahí viene la frase más oída por cualquier ser humano: “Lo entenderás cuando seas mayor”. Y lo entendemos cuando somos mayores no solo por la condescendencia con que se nos trata, sino porque de niños se nos gestionan aquellas cosas que se considera no tenemos capacidad para afrontar.

Madurar es hacerse adulto, descubrir y responsabilizarse de aquello que siempre ha estado a nuestro alrededor, pero de lo cual otros se responsabilizaban por nosotros. Y eso es lo que más le interesa a David Robert Mitchell.

Nacido en 1974 en Clawson, Michigan, Mitchell se graduó por la universidad estatal de Florida en producción y, hasta el momento, ha firmado tres películas como director y guionista: El mito de la adolescencia, It Follows y la más reciente, Lo que esconde Silver Lake. Tres obras con una personalidad tan marcada que, al menos las dos primeras de ellas, podríamos considerarlas como perfectamente relacionadas entre sí. Como una suerte de díptico sobre lo que significa ser adolescente y luchar contra las implicaciones del amor, el sexo y que tus padres ya no estén detrás validando cada uno de tus pasos.

Pero vayamos por partes…

El mito de la adolescencia es su primera película. Estrenada en 2011, con un ínfimo presupuesto de 50.000 dólares y sin mucha repercusión de crítica o público, toda la película transcurre en la última noche de instituto de un puñado de jóvenes de Detroit. Es decir, fiestas de pijama, alcohol y confesiones. Es decir, el trasfondo perfecto para desarrollar lo que supone el inicio a la edad adulta de los adolescentes privilegiados: más un tanteo tímido que una inmersión.

Ese es el encanto de El mito de la adolescencia. Ese mostrarnos las secuelas de la pubertad, las prisas por quemar etapas, el desfase entre quienes aún se sienten niños y quienes ya se sienten adultos, arrastrándose unos a otros hacia un terreno que, aunque crean lo contrario, aún les es desconocido. Y que Mitchell tratará con bastante más contundencia en su siguiente película.

It Follows, estrenada en 2015, con un presupuesto modesto y una tremenda repercusión de crítica y público, nos hace acompañar a un puñado de jóvenes (también de Detroit: es lo que tiene haber nacido en Michigan) que, a causa de una sobrenatural enfermedad de transmisión sexual, son perseguidos por un espíritu invisible con homicidas intenciones. Ahora bien, los parecidos con El mito de la adolescencia se acaban en que ambas están ambientadas en el mismo lugar, y en una suerte de no-tiempo donde se mezclan elementos de distintas décadas (desde 1950 hasta hoy) sin lógica ni explicación. Pues donde una era realista y retrataba un paso a la edad adulta apacible, la otra es sobrenatural y retrata un paso a la edad adulta traumático.

De ese modo, ambas películas pueden verse como dos imágenes de lo mismo. Donde en El mito de la adolescencia todo giraba en torno a la idea de que no hace falta tirarse de cabeza a la vida adulta y dejar de ser niños todavía, It Follows trata sobre las consecuencias de tirarse de cabeza y descubrir que no había agua en la piscina. En otras palabras: si actuamos sin pararnos a pensar en las consecuencias, nos enfrentamos a consecuencias que no solo desconocemos, sino que ni siquiera podemos ver.

Es por esa razón que decimos que ambas películas forman un díptico. Porque ambas tratan de ese tránsito de niño a adulto, pero visto desde la perspectiva de si sale bien o mal, dependiendo de si es una actitud taimada o un arrojarse a ello sin pensar. Algo que puede hacer que It Follows se lea tanto en una clave conservadora (“que cada palo aguante su vela”) como en una clave ultraconservadora (“si follas, apechuga con todo lo que te ocurra”), pero difícilmente como otra cosa que como una brutal advertencia sobre cómo hacerse adulto es hacerte responsable de tu vida, independientemente de cuáles sean las consecuencias de esa responsabilidad.

Algo que se convierte en tremendamente problemático si atendemos a su tercera y última película hasta el momento: Lo que esconde Silver Lake.

Lo que esconde Silver Lake, con estreno el 28 de diciembre y producida por la muy trendy compañía A24 (La habitación, Langosta, The Florida Project, Moonlight y un larguísimo etcétera), sigue un patrón similar a sus anteriores películas, pero tomando un camino completamente diferente. Con personajes adultos, decide asomarse a la adolescencia del modo más irónico y crudo posible: planteando que la adolescencia no existe y todo acto de rebelión es, en realidad, un escenario pautado por los adultos para canalizar la confusión del paso de la infancia a la edad adulta.

Es decir, retoma su tema habitual, sólo que ahora desde la perspectiva de los adultos.

En cualquier caso, tema aparte, donde se hace más evidente la mano de Mitchell es en sus referentes. Afincado en un no-tiempo que parece ir desde los 50’s hasta el anteayer, ignorando completamente el presente, todas sus referencias son el cómic underground americano desde Robert Crumb hasta Daniel Clowes, la cultura del fanzine, la música calculadamente retro (a cargo una vez más de Richard Vreeland, alias Disasterpeace) la nostalgia por los videojuegos de 8 bits y la revista Playboy. Es decir, un batiburrillo cultural localizado entre 1950 y 1990, dejando fuera todo aquello que derribaría su discurso: la llegada de internet, los memes y la existencia de una cultura pop no compuesta exclusivamente por varones blancos heterosexuales.

Pero ni siquiera atendiendo sólo a su época fetiche se sostiene su discurso. Algo especialmente irónico, y no del modo que le gustaría a la película, considerando que todo lo que hicieron los referentes del cómic en los que se sostiene Mitchell es apoyarse, cuando no copiar, a autoras como Trina Robbins, Melinda Gebbie o Lynda Barry, a las cuales nunca les dieron el crédito que se merecen.

A esa invisibilización de las mujeres contribuye encantada Lo que esconde Silver Lake. Pretendiendo ser una parodia de esa cultura, de su misoginia y abrazar la revolución como modo de huir de las responsabilidades cara a los otros, es demasiado fácil ver una mirada misógina atravesando el modo en que retrata la película a los personajes femeninos. Eso convierte a la película no tanto en una parodia como en un intento de ironizar sobre la propia tradición sobre la que se afinca, pero sin desvincularse de ella. Sin plantearse que el único modo de romper con esa misoginia y ese desatenderse pasa, necesariamente, por abrazar lo que esa misma cultura quiso ocultar: las mujeres que lo hicieron posible.

Al final lo que hace Mitchell en todas sus películas no es retratar la adolescencia, sino cómo los adultos controlan el relato de lo que implica ser adulto. Cómo todo acto de rebelión o entrada a la vida adulta está pautado y pensado por los adultos, sin considerar los efectos que tendrán sobre los niños. Incluso si se hace, en última instancia, por su propio bien.

Pero en su virtud radica también su defecto. Su mirada es condescendiente. Su aferrarse a un ‘no-tiempo’ específico, su visión netamente conservadora y su filiación a una corriente estética en horas bajas, como lo es el cómic underground de EE UU en su versión más estereotipada y llena de clichés, puede hacer de su cine algo muy antipático para muchas personas. Especialmente a un público millennial. Pero así y con todo, es innegable su interés. Incluso si, para toda una generación, su forma de ver el mundo resulte completamente desfasada.

Porque ahora son mayores y siguen sin entenderlo.