¿Cómo afronta el cine (y las series) los pactos políticos?

Es tiempo de pactos, de conversaciones y luchas para formar gobierno... Mientras unos cuantos deciden el futuro del país el cine ya nos enseña como funciona la política.

Por - 14 de febrero de 2016

En estos días de campañas, de elecciones, de conversaciones sobre pactos y de luchas para formar gobierno, tanto en España como en Cataluña, mucho se ha hablado de la serie danesa Borgen. En ella, las luchas malsanas entre los partidos mayoritarios acaban beneficiando a los pequeños y la tercera en votos, Birgitte Nyborg, del Partido Moderado, termina como primera ministra aun teniendo menos escaños que el partido que les da su principal apoyo, el Laborista. Ya en el primer episodio resuena una frase de Nyborg a su asesor de comunicación que bien puede encontrar paralelismos con lo acaecido en España, en relación a la declaración de Albert Rivera, un día antes de las elecciones, de facilitar la elección de Rajoy si éste resultaba ganador sin mayoría absoluta. Nyborg, en cambio, dice: “No pienso pactar con la derecha hasta después de las elecciones porque confundiría a mis votantes aún más”. Aunque también hay claras diferencias entre España y Dinamarca; durante el recuento de votos, alguien dice en el capítulo: “Ha perdido 12 escaños, tendrá que dimitir. Es obvio”. Pues será obvio en Dinamarca.

Pero no sólo de Borgen viven las resonancias con estos días de conversaciones a muchas bandas para lograr ganar una votación. En el 12º episodio de la 4ª temporada de El ala Oeste de la Casa Blanca, con tal de obtener los votos necesarios para una ley, Josh Lyman está dispuesto a algo práctico pero irrisorio: ceder a la petición de un congresista republicano que les dará el voto a favor a cambio de 115.000 dólares de subvención para financiar un estudio sobre los rezos cristianos como efecto placebo para los enfermos de cáncer. El presidente Bartlett, naturalmente, lo frena. Cualquier cosa por un voto, algo que también se vislumbra en sendas películas americanas, una de ficción, Tempestad sobre Washington (Otto Preminger, 1962), y otra basada en hechos reales, Lincoln (Steven Spielberg, 2012). Aunque es a Italia, país tradicional en elecciones con voto muy diseminado que obliga a pactar, adonde hay que mirar con lupa. En Il divo (Paolo Sorrentino, 2008), su protagonista, Giulio Andreotti, dice a un compañero de partido en el Parlamento justo antes de la votación a presidente de la República: “¿Ves a esa gente? ¿Ves a la oposición? Mis partidarios están por encima de toda sospecha. No sólo estoy en la Democracia Cristiana, yo soy un político transversal”. Sus ayudantes tejen las redes para hacerlo presidente, pero no lo consiguen. Andreotti podía ser transversal, pero también temido por sus oscuros manejos.

Y quizá sea la sensacional Las manos sobre la ciudad (Francesco Rosi, 1963) la que otorgue más pistas políticas sobre la situación, sobre todo en lo ideológico y lo moral. Con unas elecciones al Ayuntamiento de Nápoles como eje, el centro gana por la mínima y en una reunión con la derecha, que le amenaza de que no le permitirá ser alcalde si no prescinde de un elemento corrupto dentro de su partido, alguien amenaza: “¿Y si no acuerdo qué? Habrá nuevas elecciones, en las cuales no les irá mejor. Mientras, sin alcalde, sin gobierno, y con un comisario especial traído de Roma, se detendrán todas las iniciativas. No habrá proyectos de ningún tipo. Nadie nos financiará. Si sucede todo esto, la responsabilidad para con el pueblo será de ustedes”. ¿Prescindir o no prescindir de ciertos elementos corruptos? He ahí la clave. “No lo veas en términos morales. Hay que verlo sólo en términos políticos”, dice el veterano que se las sabe todas. “Pero la opinión pública se nos echará encima”, clama el moralista. Y entonces llega la sentencia definitiva, la que más miedo da: “Querido Bálsamo, la opinión pública la creamos nosotros (…). En política la indignación moral no es necesaria. ¿Sabe cuál es el único pecado de la política? Ser derrotado”.

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