Aki Kaurismäki: 10 razones para adorar al irreverente cineasta finlandés

Premiado con el Oso de plata en Berlín por ‘El otro lado de la esperanza’, repasamos las razones por las que ya es una leyenda del cine europeo.

Por - 04 de abril de 2017

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  • Aki Kaurismäki debutó en el cine en 1983 adaptando, ni más ni menos, que a Fiodor Dostoievski y su Crimen y castigo, pero el éxito internacional no le llegó hasta el arranque de 1990, con Leningrad Cowboys go America (1989), La chica de la fábrica de cerillas (1990) y Contraté un asesino a sueldo (1990). Desde entonces, el cineasta finlandés es un habitual en los certámenes internacionales de primera clase cada vez que presenta una nueva película, de Venecia a Cannes o Berlín. Su último trabajo, El otro lado de la esperanza, le ha valido, de hecho, el Oso de plata a la mejor dirección en la última Berlinale gracias a una historia de profundo carácter humanista que nos presenta el drama migratorio al que se enfrenta en la actualidad, y de manera criticable, Europa.

    Irónico, cáustico y al mismo tiempo cómico y tierno, el cine de Kaurismäki no puede desvincularse de una cierta filosofía nórdica de la existencia, ya sea por la parquedad de sus historias o por cómo expresan sus emociones los personajes que las pueblan. Tampoco puede desvincularse de un imaginario visual y narrativo muy reconocible y que en CINEMANÍA, al calor del estreno de El otro lado de la esperanza, pretendemos desengranar a continuación. El martes 4 de abril se podrán ver algunos de sus más recientes trabajos en un pequeño ciclo en los Cines Golem de Madrid, y quienes no puedan acercarse, recordamos que en FILMIN está disponible casi toda su filmografía.

    1 – Porque su cine mezcla géneros, del ‘noir’ a la comedia, con maestría

    En el arranque de Un hombre sin pasado (2002), un hombre despierta casi de la nada con el rostro cubierto por un vendaje. ¿Quién es? ¿Está vivo o está muerto? La película por la que Kaurismäki ganó el Gran Premio del Jurado y el Premio a la Mejor interpretación femenina (Kati Outinen) en el Festival de Cannes de 2002 puede leerse también en clave fantástica si consideramos al protagonista, Markku Peltola, como un tipo que regresa desde el más allá. Claro que interpretaciones hay como espectadores dispuestos a imaginar posibles lecturas…

    Sea como fuere, Kaurismäki ha conseguido calibrar como pocos cineastas contemporáneos esta mezcla de géneros que ya es habitual en buena parte del cine actual, y en sus cintas, de no más de 90 minutos de duración, siempre encontramos un relato que bascula entre el melodrama, el noir y la comedia.

    También, por supuesto, en El otro lado de la esperanza, que se detiene en el periplo de Khaled, un joven sirio que ha llegado a Helsinki de manera ilegal, pero también en Wikhström, un antiguo comercial de ropa que decide apostar su futuro en una partida de póquer.

     

    2 – Porque sus historias son una oda a lo absurdo

    Desconocemos si existe un humor propiamente finés, pero lo que sí podemos asegurar sin miedo a equivocarnos es que Kaurismäki cultiva con profusión un tipo de comedia que roza lo absurdo. En Calamari Union (1985), 18 hombres, de los cuales 17 se llaman Frank, todos con pinta de rockeros, deciden emprender un viaje hacia el otro lado de Helsinki en lo que parece una misión en busca del paraíso.

    Al año siguiente, el cineasta finés se atrevía a reírse de Sylvester Stallone con un cortometraje paródico titulado Rocky IV (1986); mientras que en Hamlet se mete a hombre de negocios (1987) sitúa la tragedia shakesperiana en un conglomerado empresarial. A primera vista, sus propuestas son inesperadas e irreverentes, pero acaban mostrándose, como las obras de Samuel Beckett, más certeras de lo que aparentan.

     

    3 – Por su paleta de colores y lumínica única

    Timo Salminen es el director de fotografía al que Kaurismäki confía su característica paleta lumínica y cromática. Llevan trabajando juntos desde 1983, cuando Kaurismäki debutó con Crimen y castigo, y sólo él ha sabido llevar a la pantalla la pasión del finlandés por los colores saturados, los claroscuros en las escenas de interior y los tonos austeros a imitación de las pinturas de Edward Hopper, una reconocida influencia por parte del cineasta.

     

    Azules y rojos en Luces al atardecer (2006) (extraído de amanecernocturno.tumblr.com)

     

    4 – Porque le gustan los bares

    Letreros luminosos de Contraté a un asesino a sueldo (1990), La vida bohemia (1992) y Nubes pasajeras (1996) (extraído de asbestoe.tumblr.com)

    Y no sólo porque los letreros de neón son fotogénicos, precisamente. Las películas de Aki Kaurismäki abundan en secuencias que tienen lugar en mesas, barras de bar, terrazas con una botella de vino en el centro y demás tableaux que celebran el comer y sobre todo el beber. En El otro lado de la esperanza el restaurante que adquiere Wikhström es también el escenario de no pocas escenas cómicas.

     

    5 – Porque su cine retrata la vida de las clases populares

    El otro lado de la esperanza es la segunda película de Kaurismäki ubicada en una ciudad portuaria y con el drama migratorio como protagonista. Ya en El Havre (2011), el finés se había fijado en este tema al explicar la historia de un joven migrante que acaba siendo encontrando cobijo en la casa de un escritor bohemio que vive en ese puerto francés.

    Ambas cintas forman parte de una nueva trilogía que ha puesto en marcha el finés después de una primera dedicada a personajes losersSombras en el paraíso (1986), Ariel (1988) y La chica de la fábrica de cerillas– , y otra dedicada a la Finlandia proletaria  –Nubes pasajeras (1996), Un hombre sin pasado y Luces al atardecer–.

    Cuando se encontraba promocionando Nubes pasajeras, declaró lo siguiente sobre los motivos que le empujaron a hacer esa película: “No podía soportar mirarme a mí mismo en el espejo hasta que finalmente hice una película sobre el desempleo”.

     

    6 – Y sus personajes están repletos de ternura

    Aunque algunas de sus películas sean más ásperas que otras, como La chica de la fábrica de cerillas, los personajes protagonistas y también algunos secundarios ya tienen un lugar propio en los anales de lo extravagante y de lo tierno. Mención aparte merece El Havre, la primera cinta de su trilogía portuaria, en la que incluso el antagonista, el comisario Bonet (interpretado por Jean-Pierre Darroussin), que anda a la búsqueda y captura del pequeño migrante que ha entrado en el puerto de manera ilegal, despierta la simpatía del público.

     

    7 – Porque sus intérpretes son maestros en la gestualidad austera

    Aki Kaurismäki no es especialmente locuaz ni un tipo de muchas palabras, y tal vez por eso la mayoría de sus personajes, y los intérpretes que los encarnan, son personas de poco hablar pero sí de decir la palabra justa. Con el fallecido Matti Pellonpää (1951-1995), el finés encontró a un alter ego preciso, pero actores como André Wilms (El Havre), Markku Peltola (Un hombre sin pasado), Jean-Pierre Léaud (Contraté a un asesino a sueldo), Sakari Kuosmanen y Sherwan Haji (El otro lado de la esperanza) y hasta Jim Jarmusch (Leningrad Cowboys go to America) han sabido ajustarse a la máxima nórdica de que menos es más. Un destacado aparte merece la actriz Kati Outinen, protagonista de La chica de la fábrica de cerillas, Un hombre sin pasado, El Havre y otras cintas del cineasta.

     

    8 – Por sus postales finesas

    Finlandia es un país de llanuras infinitas, conocido por su sol de medianoche y que tiene una palabra para describir ‘beber solo y en ropa interior’. Así es el territorio de donde procede Kaurismäki, quien, a pesar de llevar 28 años viviendo en una pequeña localidad del norte de Portugal, no ha perdido ni un ápice del espíritu propio del ciudadno finlandés.

    Ya hemos hecho hincapié en lo absurdo, los gestos austeros, el gusto por el alcohol, pero hay instantes de películas, como en Leningrad Cowboys go to America, en que todo eso se agrupa en una pasta sólida que ofrece como resultado relatos e imágenes inclasificables. Tal en Finlandia estén más acostumbrados al tipo de situaciones absurdas que aparecen en su cine. En el resto de Europa, dejémoslo claro, llama como mínimo la atención.

     

    9 – Porque Kaurismäki es un cinéfilo consumado

    Aki y su hermano Mika Kaurismäki junto su amigo Peter von Bagh, fallecido en 2014, pusieron en marcha el Midnight Sun Film Festival, un certamen de cinco días de duración durante el solsticio de verano que invita cada edición a cinco nombres destacables del panorama del cine de autor global. El listado de invitados desde el origen del certamen en 1986 hasta el año pasado es abrumador. La cinefilia de Kaurismäki no sólo se manifiesta en la organización de eventos culturales, sino que el cineasta es una enciclopedia con piernas de la historia del cine y, además de plagar de referencias y guiños sus filmes, todas las entrevistas que ofrece están repletas de citas, homenajes, anhelos y reivindicaciones de cualquiera de sus cineastas favoritos: Charles Chaplin, Yasujiro Ozu, Robert Bresson y Luis Buñuel. En Criterion, por supuesto, le preguntaron en su día y su top personal puede consultarse online aquí.

     

    10 – Y un melómano del mismo nivel

    La música del cine de Aki Kaurismäki es otra de las marcas de la casa indisociable de su condición de autor cinematográfico. En cada una de sus películas encontramos al menos dos o tres actuaciones musicales, sea rock o folk, cuyas estéticas de tupé y cazadora de cuero forman parte asimismo del universo visual del finlandés. Lo más cercano que ha hecho a un filme musical es la secuela de Leningrad Cowboys go to America, Leningrad Cowboys Meet Moses (1994), pero también tiene cortos dedicados al género como Thru the Wire (1987) y These Boots (1992).

    Así describe Andrew Nestingen la melomanía de Kaurismäki en The Cinema of Aki Kaurismäki: Contrarian Stories (2013): “En el corazón de todas las películas de Aki Kaurismäki, incluidas los filmes primerizos con su hermano Mika, encontramos una actuación musical en directo. Estas actuaciones diegéticas incluidas en los filmes no son triviales, normalmente ocupan varios minutos en películas que son de 90 minutos o menos. Incluyen a músicos subestimados, olvidados o pasados por alto, relevantes en el mundo del pop pero obsoletos porque no son comericales. Y sus actuaciones ponen en valor el tipo de experiencias musicales vitales, do-it-yourself, comunitarias y hasta subversivas”.