Agnès Varda: sus caras y lugares

Inventó la Nouvelle Vague antes que 'Cahiers du Cinéma' y no ha parado de desafiar la narrativa cinematográfica en sus 89 años y 40 películas. Ahora estrena 'Caras y lugares'

Por - 21 de mayo de 2018

Si esto fuera un documental de Agnès Varda, estaría lleno de gente con la que pararse a hablar. Puede que no fuese solo gente sino, tal vez, también murales, cariátides, pueblerinos franceses, cabras sin cuernos, su marido, ella misma. Pocas cosas escapan a la atenta mirada de la cineasta francesa que inventó la Nouvelle Vague antes que Godard, Truffaut o Bazin y que, a punto de cumplir los 90, sigue desafiando el lenguaje cinematográfico en cada película que estrena. Su humanidad, su sentido del humor, su energía desbordante recorren la historia del cine en sus más de 40 filmes, incluidos sus preciados cortometrajes. “No estoy detrás de la cámara. Estoy dentro de ella”, ha dicho Varda, consciente de que, tanto sus ficciones como sus documentales, también hablan de sí misma. Por supuesto, ocurre lo mismo en Caras y lugares, el último de ellos codirigido con el artista JR y en el que recorre Francia en busca de historias que fotografiar.

LOS PESCADORES DE SÈTE
Si esto fuera un documental de Agnès Varda, comenzaría en las playas de Sète, cerca del barco en el que vivió con su familia de ascendencia griega durante la II Guerra Mundial, y de La Pointe Courte, el barrio de pescadores que se convertiría en escenario de su primera película. Sin experiencia, casi sin conocimientos cinematográficos y sin dinero –costó aproximadamente unos 11.000 euros–, Varda llegó directa a Cannes con esta ópera prima en blanco y negro que mezclaba el fin de una pareja en crisis con los problemas del barrio de pescadores por el que se movían. “Hay un misterio que nunca he sabido despejar: ¿qué me llevó a hacer una película? No sabía nada de cine, no veía películas, tampoco me rodeaba de gente que estuviese involucrada en el cine –contaba Varda en una entrevista a Positif–. Creo que afronté La Pointe Courte como quien escribe su primera novela, sin preocuparte de si va a ser publicada o no”.


Inspirada en Las palmeras salvajes, de William Faulkner, y diseñada plano a plano gracias a que conocía a fondo el lugar, La Pointe Courte no es un documental pero las relaciones entre los personajes del puerto son reales. “Escuché historias de las mujeres del pueblo mientras pelaban zanahorias o hacían la colada”, cuenta la directora en los extras de la película recopilados en The Agnès Varda Collection, de Artificial Eye. Aunque La Pointe Courte se rodó en 1954, tardaría dos años en estrenarse. Fue su montador de lujo Alain Resnais quien convenció a Varda de que tenía que enseñarle la película a Andrè Bazin y este, a su vez, de que tenía que mostrarla en Cannes. “Mientras montábamos, Resnais empezó a decir que no sé qué plano le recordaba a Crónica de un amor, de Antonioni, o a La tierra tiembla, de Visconti –recuerda ella–. Me hizo pensar que debía ir a la Cinémathèque y leer revistas de cine. Así que descubrí el cine con 26 años mientras montaba mi primera película”.

TEATRO, NIÑOS, PAPÁ NOEL
Precisamente a eso se había estado dedicando Agnès Varda antes de La Pointe Courte. Tras estudiar psicología y literatura en La Sorbonne, cambiarse el nombre de Arlette a Agnès, escaparse un verano a Ajaccio para trabajar remendando redes –“pasar el verano solo con hombres silenciosos me hizo sentir fuerte y segura”, dijo– y estudiar por las noches fotografía, consiguió uno de sus primeros trabajos en las Galerías Lafayette donde hacía más de 400 fotos al día de niños sentados al regazo de Papá Noel. Poco después, Jean Vilar, marido de una amiga de la infancia, la contrataría como fotógrafa oficial de la Compañía Nacional de Teatro. “Me recuerdo queriendo palabras –dice de esa época, poco antes de su ópera prima, en Las playas de Agnès–. Creía que si unía imágenes y palabras lo que obtendría era cine. Luego me di cuenta de que era otra cosa”.


Entre su primera y su segunda película, Varda se mudó de casa –por entonces un antiguo taller destartalado en el que tenía que escribir con guantes y gorro porque no tenía calefacción– y conoció a un hombre, Jacques Demy. Ambos serían para toda la vida. También dirigió un par de cortos de encargo –O saisons, ô châteaux y Du côté de la côte– y viajó a China con Chris Marker. Fue allí donde el padre de su primera hija, Rosalie, le devolvió todas las cartas de amor que ella le había escrito. “Las metí en un cajón y nunca más las volví a leer”, cuenta también en Las playas de Agnès. Jacques Demy, director de Los paraguas de Cherburgo y Las señoritas de Rochefort, fue su amor y compañero, padre de su hijo Mathieu y responsable en gran medida de que exista Cleo de 5 a 7, su segunda película, pues fue él quien habló a Georges de Beauregard de Agnès Varda. El mítico productor de Al final de la escapada, de Jean-Luc Godard, y de Lola, la ópera prima de Demy, preguntó a Varda: “¿Tú podrías hacer una película como las de tus amigos, barata, en blanco y negro?”.

PARÍS Y LOS ESPEJOS
Era el momento de devolverle el favor a sus chicos de la Nouvelle Vague. De ahí ese papel estelar reservado a Godard en un cortometraje dentro de su segunda película, Cleo de 5 a 7. Amiga del director de Pierrot, el loco o La chinoise, Varda escribió Les fiancés du pont Mac Donald, un corto mudo en el que aparece junto a la actriz Anna Karina, para lograr que se quitase sus gafas de sol y fotografiar así esos ojos que tanto le gustaban. Cleo de 5 a 7 es la historia de una cantante que piensa que puede estar enferma. De 5 a 7, Varda la sigue por París a la espera de recoger el diagnóstico en el hospital. Dos horas que aparecen marcadas en los relojes que encuentra en cada uno de los cafés en los que para, en la calle, en su casa. “Filmar el tiempo es difícil –cuenta la directora en los prolijos extras del dvd, dirigidos por ella misma como un documental más–. El tiempo cambia según estemos bien, mal o asustados, si estamos esperando a alguien o si nos divertimos. Es lo que llamo tiempo subjetivo frente al tiempo objetivo, el de las horas, los minutos y los segundos. Yo quería combinar los dos en esta película”. No era lo único que quería. Desde una aproximación feminista, Cleo no solo afronta su enfermedad durante estas dos horas sino que pasa de ser el objeto de las miradas –la película está llena de espejos en los que se refleja– a ser ella la que mira. “Una mujer se enfrenta a un gran temor y al hacerlo se mira a sí misma y descubre que es como una muñeca, manipulada por los hombres, una niña que no toma decisiones, que se ve a través de los demás”, explica Varda que, a partir de ahí, rompe y distorsiona los espejos y opta por tomas subjetivas.

1962 fue un buen año para Agnès. Cléo fue seleccionada en Cannes –aunque ella fue presentada como Agnès Varga–, se hizo amiga de Bertolucci –su nombre figura en los créditos de El último tango en París– y, recién casada con Jacques Demy, se compraron un molino en la isla de Noirmoutier, donde pasarían largas épocas a partir de entonces, trabajando, escribiendo, a veces rodando. Ese sería el escenario de Las criaturas (1966), una de las películas más extrañas y sorprendentes de la directora. Dedicada a Demy, cuenta en un tono onírico-fantástico –el protagonista habla con un caballo, convierte en piezas de ajedrez a sus vecinos, etc.– la historia de una misteriosa pareja (Catherine Deneuve y Michel Piccoli) que vive en un fuerte apartada de la sociedad. Considerada como fallida por Varda, contiene sin embargo una pelea que, según Indiewire, le ha dado mucho que pensar a la directora: “Me sentí muy orgullosa de hacerla porque tenía un poco de complejo de que una mujer no podía rodar acción. Cuando me demostré que sí se podía, pensé que una mujer no tiene por qué demostrar que puede hacer las mismas cosas que un hombre, sino que debemos hacer lo que sentimos que debemos hacer”.

FEMINISMO Y FEMINISTAS
Como debería ser, Agnès Varda ha tenido siempre su propia idea del feminismo. Por eso mismo, un año antes de Las criaturas, tras el estreno de su película más polémica, La felicidad, le cayeron unas cuantas collejas de feministas. “Quizás la gente espera demasiadas cosas –contaba a Cineaste 3 en el 78–. Entiendo a las feministas radicales que dicen que no odio a los hombres lo suficiente. Creo que necesitamos a las feministas radicales, pero no creo que las películas feministas tengan que retratar mal a los hombres”. Uno de aquellos hombres era, por supuesto, el protagonista de La felicidad, François, un marido que, a pesar de ser feliz con su familia ideal –la verdadera del actor Jean-Claude Drouot–, tenía un affaire con otra mujer. “Para mí, era una película sobre el deseo –responde a Varda el actor todavía casado con Claire Drouot, su esposa en la película, en los extras del dvd–. ¿Debemos reprimir los deseos o abrazarlos? ¿Cómo de destructiva es la fuerza del deseo? A mi mujer y a mí, la película nos ha permitido tener éxito como pareja y como familia, nos ha ayudado a tomar decisiones, la de permanecer juntos, que es también un combate y una renuncia, pero es algo bonito”.Escrita y rodada muy rápido, La felicidad nació para hacer feliz a la propia Varda. “La felicidad para mí va asociada a la naturaleza, a los picnics familiares. A Jacques no le gustaban los picnics pero los hacíamos por mí”, cuenta en los extras del dvd de Artificial Eye sobre este filme que parece una pintura impresionista, llena de color  y belleza. “Traté de hacer la película tan bonita que no tuvieses que afrontar lo que cuenta realmente si no querías. Mi intención era hacerla como una deliciosa manzana que te quieres comer”, recuerda. Y así es.

Agnès Varda ha sido siempre una figura incómoda para las feministas. “Me han usado algunas veces, otras me han rechazado o han manipulado mi trabajo para que fuese o no feminista. Algunas feministas radicales odiaban mi trabajo, a otras les encantaba. ¡He sido como una pelota de ping-pong!”, contaba a Film Quarterly en los 80. Varda no solo ha defendido los derechos de la mujer –el aborto, la contracepción, la maternidad, etc.– y le ha dedicado al tema de la mujer largometrajes y cortometrajes –el más famoso, Réponse de femmes o el más chocante, L’Opera Mouffe, que rodó embarazada en 1958–, sino que es un ejemplo de conciliación de vida artística y familiar. “La principal solución para una mujer es ser una ‘súper mujer’ –contaba a Women and Film en el 74– y llevar muchas vidas a la vez. Esa ha sido mi máxima dificultad: no renunciar a tener hijos, ni al cine, ni a los hombres”.

Un buen ejemplo de los superpoderes de Agnès es Daguerrotipos, uno de los documentales más especiales de su carrera y que nació a la vez que su segundo hijo, Mathieu, cuando la crianza le impedía alejarse mucho de casa. “Estaba atrapada en casa, así que me dije a mí misma que era un buen ejemplo de la creatividad de las mujeres –siempre angustiadas por el hogar y la maternidad–. ¿Podría renovar mi creatividad a partir de estos límites?”, se preguntaba en Cinéma 75. La respuesta estaba en un cable eléctrico de 80 metros que tiró desde su casa a lo largo de la rue Daguerre, en el distrito 14º de París. “Imaginé que era un cordón umbilical y me permití rodar dentro de ese espacio. Allí encontraría todo lo que necesitaba rodar”, explicaba sobre un documental que retrata a los vecinos de su barrio. “Quería filmar la simpleza del día a día. Podría haber hecho una película sobre mí cocinando, criando, intentando escribir. Pero preferí ser testigo del mundo que se abre a las mujeres que se quedan en casa y, por ejemplo, salen a hacer la compra”.

¿Cómo habría sido Mayo del 68 visto a través de la cámara de Agnès Varda? Nunca lo sabremos. Cuando la revolución estudiantil estalló, la cineasta llevaba un tiempo viviendo en EE UU. Había ido a acompañar a Jacques Demy, que preparaba Model Shop con Columbia, pero por supuesto había aprovechado los efervescentes influjos de Hollywood para crear algo de cosecha propia. “Fue un cambio muy grande en mi carrera –reflexionaba en el libro Agnès Varda, de Kelley Conway–. Empecé a hacer películas muy distintas a las que había hecho en Francia influenciada por la contracultura norteamericana”. Se refiere a los documentales Black Panthers (1968) y Mur Murs (1980) y las ficciones Documenteur (1981) y Lions Love (1969), que Varda resumía en una entrevista de la época en Camera Three como “la historia de tres actores jóvenes y una directora que llegan a Hollywood en el 68, en la época en la que [Bobby] Kennedy fue asesinado”. Como buena película hippy, Lions Love estaba interpretada por Viva, la musa de Andy Warhol, a quien Agnès había conocido en la Factory, y los actores de Hair James Rado y Gerome Ragni. No fueron los únicos amigos que hizo en su estancia americana. Entre los más célebres, Harrison Ford –a quien Demy quería para Model Shop pero que fue rechazado por los estudios por su falta de talento– y Jim Morrison, que mantendría su amistad con la directora en París.

Agnès volvió de EE UU para rodar Una canta, la otra no, su primera película explícitamente feminista que fue un absoluto éxito de taquilla en Francia y que cuenta la amistad de dos amigas desde los 15 años, su relación con el trabajo, con el amor y la amistad entre el 62 y el 72, mientras que la historia de la mujer evoluciona. “Quería revalorizar la amistad entre mujeres como un sentimiento que incorpora violencia, ternura, coherencia y solidaridad”, contó en su día a Cahiers du Cinéma.

LA FELICIDAD DE SER MUJER
Una canta, la otra no arranca entre sombras. Es una película oscura que parte de un suicidio y unas fotografías de mujeres en blanco y negro que tienen algo triste o tétrico. A lo largo de esa amistad femenina, la película se va volviendo más luminosa hasta acabar con una secuencia soleada aunque no sea un final feliz. “Eran muy distintas –dice la voz en off de Agnès en ese final–. Una cantaba, la otra no. Pero también eran parecidas. Las dos habían luchado mucho para conquistar la felicidad de ser mujer”. “Evidentemente, no es la misma felicidad la de un hombre que la de una mujer –nos cuenta en el Festival de San Sebastián cuando la entrevistamos a propósito de Caras y lugares–. Pero hay felicidades que se pueden compartir con los hombres y también con los gatos, a veces [se ríe]. Has citado Una canta, otra no. Hay una frase de Simone de Beauvoir que me gusta mucho: ‘La mujer no nace, se hace’. Esa conciencia de ser mujer se puede construir. Nuestro destino no es definitivo”.

Convencida de que las mujeres deberíamos ser más tolerantes dentro del feminismo, es imposible no ser partidaria del que defiende ella misma. El de la felicidad de ser mujer, lejos del victimismo y el revanchismo de otras feministas. “Peleé mucho para que muchas mujeres pudieran ver una película sobre mujeres. Mujeres al sol, como dice Molly Haskell. ¡Eso me gusta! Es donde deben estar las mujeres, no en las sombras”, contaba en Cinéaste 3.

Los años 80 serían los años de las películas de Jane Birkin –Kung-fu master! y Jane B. par Agnès V– y de Sin techo ni ley, su primer acercamiento a los vagabundos, una idea a la que volvería desde otro ángulo en Los espigadores y la espigadora (2000) y que le reportaría un León de Oro que le haría feliz, sobre todo, según le contó a Believer, porque “estaba Fellini por ahí”. Sin techo ni ley, de 1985, parte de una historia que un policía le contó a Agnès sobre un hombre muerto de frío al que encontró debajo de un manzano. “Nadie hablaba de los vagabundos en esa época y yo quería hacer una película sobre los jóvenes que no tienen un techo y no respetan la ley”, explicaba sobre su filme sobre la suciedad: la actriz Sandrine Bonnaire, que ganó un César por su interpretación de la vagabunda, no se lavó el pelo en dos meses.

LA INFANCIA DE JACQUOT
“No es un intento de detener el tiempo o la muerte. Es un intento de estar en el presente”, dice mirando a cámara Agnès en los extras de Jacquot de Nantes, las memorias de infancia de Jacques Demy que filmó poco antes de su muerte. “Jacques estaba bastante enfermo –recuerda–. Se pasaba el día en su estudio pintando y escribiendo. Yo leí algunas páginas de lo que escribía y le dije que allí había una buena película, pero él dijo que se sentía incapaz. Me propuso que lo hiciese yo. ‘¿Te haría feliz?’, le pregunté. ‘Claro”. Así nació una de las películas más emocionantes de Agnès Varda, la infancia de Jacques Demy contada a través de recreaciones y de fragmentos de sus propias películas.

La familia Demy, de Nantes, había tenido un garaje de reparación de coches y Agnès se empeñó en rodar allí a pesar de que los nuevos dueños se mostraban reacios. “Jacques no dejaba de preguntar por qué no rodábamos en el taller de al lado, que estaba vacío –recuerda en los extras–, pero yo creo demasiado en las paredes, en el espíritu que queda en ellas”. El resultado fue que, en un altillo del garaje, bajo montones de basura, encontraron los proyectores que Demy fabricaba de niño, las figuras de animación y metros de película filmada por él mismo que una estudiante de Bellas Artes de Nantes restauró plano a plano para que pudiese ser proyectada en Jacquot de Nantes. Con razón, la película se iba a llamar Evocación de una vocación. El rodaje, que se había trasladado a París para que Jacques pudiese seguir su tratamiento para el VIH, terminó el 17 de octubre de 1991 y él murió el 27. “No paré –cuenta Agnès–. Era nuestro proyecto. Empecé a montar y me sentía como una persona doble. Por un lado, lloraba y, por otro, le decía a la montadora: ‘más sonido, quita eso…”. El duelo se mantendría en L’univers de Jacques Demy y, probablemente, siempre. “Todos los muertos me llevan a Jacques”, dice ella en Las playas de Agnès.

Si esto fuera un documental de Agnès Varda, terminaría con una casualidad genial. El azar ha sido el gran aliado de su cine desde La Pointe Courte hasta Caras y lugares, su última película, pero quizás la máxima expresión de esto sea Los espigadores y la espigadora (2000), documental en el que recupera estas recolectoras inmortalizadas por Millet para hablar de la gente que, en el presente, recoge cosas: vagabundos, artistas, gente que pasa hambre y, por supuesto, directoras de cine que, con una pequeña cámara digital, capturan historias. “Me gusta filmar a la gente real. Me gusta verlos meterse en escena, escuchar su manera de hablar, observar sus gestos, dónde están, los objetos que les rodean”, cuenta en Varda par Agnès sobre su sello como documentalista que, de alguna manera, devuelve el cine a la gente. Además, su presencia –“no es por narcisismo sino por un intento de ser honesta en mi aproximación”–, su ternura, su infatigable optimismo y sentido del humor, su curiosidad y la búsqueda de formas narrativas nuevas en cada uno de sus proyectos, resumen en gran manera estos casi 60 años de cine de Agnès Varda. Esto y una afirmación: “Es la manera en la que miras las cosas lo que las hace bellas”.

CARAS Y LUGARES
“¡Primero está el deseo!”, exclama Agnès Varda. Un grupo de periodistas la escuchamos en la suite del Hotel María Cristina, en San Sebastián, como si fuese un gurú. Esta artista casi nonagenaria acaba de recibir la Palma de Honor en Cannes, el Oscar Honorífico –“me parece una broma. Los Oscar los gana gente muy conocida y que han hecho ganar mucho dinero, que han sido como bancos. Yo en eso soy un cero”– y está a punto de ser nominada a mejor documental por Caras y lugares, codirigido con el artista JR. Pero, qué duda cabe, en este mundo abocado a lo vacuo, y en esta sala repleta de cinéfilos ateos o no practicantes de ninguna espiritualidad, lo más parecido a un guía que podemos encontrar es Agnès Varda.

Ataviada con sus habituales vestidos hippy y con su pelo bicolor –“mis nietos me dicen que soy punk”–, responde con su energía incombustible a nuestra pregunta sobre el azar. “Primero está el deseo. Yo me acerco a algo que quiero filmar. Cuando estoy en situación de curiosidad, de rodar, es cuando aparece el azar. Por ejemplo, en Caras y lugares nos acercamos a una fábrica. Yo veo a un tipo muy bien vestido y me acerco a preguntarle si va a una fiesta, y me dice que es su último día de trabajo antes de jubilarse y que se siente como delante de un acantilado. Fue el azar el que nos llevó hasta él. Nunca pensé que me iba a encontrar con él, pero es verdad que teníamos todo preparado: la cámara, el equipo…”, explica. “Si abriésemos a la gente por la mitad encontraríamos paisajes”, contaba Varda a The Guardian. Algo de eso tiene Caras y lugares, road movie y documental ideado por la cineasta junto al fotógrafo JR y en el que la pareja va recorriendo pueblos franceses fotografiando a sus habitantes y decorado sus edificios con sus fotografías murales. Un recorrido que, como en Los espigadores y la espigadora, es una excusa para recolectar historias. Desde la de la última habitante de un barrio de mineros, al jubilado angustiado, pasando por la mala baba de Jean-Luc Godard, hasta la propia Agnès, que se sabe próxima a la muerte y la filma como ha hecho con todo durante toda su vida, llena de optimismo, humor y su habitual clarividencia. “Tengo muchas razones para vivir pero la vida es larga y creo que está bien que acabe. No estoy llamando a la muerte pero si viene yo estoy de acuerdo, si no me hace sufrir mucho [se ríe]. Tengo mis condiciones”.

Caras y lugares se estrena el 25 de mayo.

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