5 fracturas del Festival D’A 2016

Cinco títulos seleccionados del Festival Internacional de Cinema d'Autor de Barcelona donde la narración y los asideros del relato se quiebran de forma inesperada.

Por - 05 de mayo de 2016

Oleg y las raras artes, la nueva película de Andrés Duque, salió coronada con el Premio Talents de la sexta edición del D’A – Festival Internacional de Cinema d’Autor de Barcelona en un año con una sección competitiva (Talents) muy reñida y una panorámica (Direccions) repleta de estimulantes muestras del último cine de autor mundial llena de sospechosos habituales (Philippe Garrel, Alexandr Sokurov, Hong Sang-soo, Marco Bellocchio, Terence Davies, Arnaud Desplechin, etc.) que rara vez suelen fallar.

No obstante, para estructurar la crónica de nuestro paso por el D’A 2016 nos quedaremos con cinco títulos que, cada uno con sus propias características y estrategias, se las ingenian para quebrar las expectativas del espectador e incluso fracturar el relato que cuentan para llevarlo por derroteros completamente inesperados. Son las 5 mejores fracturas del Festival D’A 2016.

Al final: John From

El tercer largo del portugués Joao Nicolau puede recordar a la imprevisilbe inventiva de la primera película de su compatriota Miguel Gomes, A cara que mereces (2004), donde cualquier cosa era posible. Claro que, en el debut largo de Nicolau A espada e a rosa (2010), la reinterpretación de los relatos de aventuras y otros géneros cinematográficos como el musical a través del realismo cotidiano ya estaba bien presente. En John From el cambio de registro se demora hasta el tercer acto de lo que comienza como un sosegado retrato del plácido verano urbano de dos chicas adolescentes. Cuando una de ellas quede prendada de su nuevo vecino cuarentón, la fantasía y lo sobrenatural comenzará a impregnar la historia hasta que, detrás de un banco de niebla, todo el sugerente potencial de una Melanesia mítica reviente cualquier regla de la narración desde dentro. Y a ritmo de lambada.

 

A la mitad: Ahora sí, antes no

Hong Sang-soo es uno de los mayores genios del cine contemporáneo. Además, es un cineasta humilde y cercano que reviste con una sencillez cada vez más depurada la complejidad estructural de sus películas, siempre dramedias cotidianas sobre los encuentros y desencuentros –regados con soju y tabaco– entre hombres y mujeres. Ahora sí, antes, Leopardo de Oro en Locarno y 17º largometraje de una filmografía fascinante en cada peldaño, reincide en los temas habituales del cine de Hong con la historia de un director de cine y una pintora, cuya primera cita tenemos la oportunidad de ver dos veces; sí, a la mitad de la película, la trama se resetea y vuelve a comenzar, matizada con leves cambios de actitud y comportamiento que pueden significar todo un mundo de cara al desenlace. O, bueno, no tanto.

 

Progresivamente: Kaili Blues

También premiada en Locarno –mejor dirección dentro de la sección Cineastas del presente–, la ópera prima del chino Bi Gan es sin duda uno de los debuts recientes del cine asiático que más comentarios es capaz de levantar. No sólo cuenta con un dispositivo formal muy consciente, donde se alternan largos planos fijos compuestos al milímetro con un atlético plano secuencia de 40 minutos donde no se esconden los temblores de cámara, sino que su juego con la percepción temporal y espacial de la realidad está ideada para sacarle jugo a prácicamente cada cambio de secuencia. Sin embargo, antes de entrar en elucubraciones detectivescas para desenredar su emotiva historia de reconciliación con las oportunidades perdidas del pasado y el temor a la indertidumbre del futuro, quizás sea más divertido detenerse en los rasgos paródicos que traza hacia las primeras películas de Jia Zhangke –¿estamos ante la primera manifestación de una supuesta Séptima Generación china que considera superado al mayor representante de la Sexta Generación?– o incluso el cine onírico del tailandés Apichatpong Weerasethakul con esas referencias hacia cierto salvajes peligrosos…

 

Nada más empezar: Esa sensación

El mejor trabajo colectivo del año viene dirigido en trío por Juan Cavestany, Pablo Hernado y Julián Génisson. Los responsables de obras del reciente cine español bajo radar tan dispares y, sin embargo, unidas en constelación como Dispongo de barcos (2010), La tumba de Bruce Lee (2013) o Berserker (2015) han tejido una red de historias colindantes donde cualquier anclaje automático a la cara apacible de la existencia salta por los aires. Lorena Iglesias da un tremendo recital como protagonista de la ballardiana historia de amor entre una mujer y una rotonda, la fe religiosa se examina desde la óptica del voyeurismo y la pandemia vírica más asoladora está relacionada con la propagación de la inoportunidad en los momentos más inadecuados.

 

Tótum revolútum: Cosmos

En todas las películas anteriores llegaba un momento cuando se producía la fractura con lo esperado, los puntos de referencia cambiaban y el relato se revaluaba. No sucede lo mismo en Cosmos, la última película de Andrzej Zulawski, fallecido el febrero pasado con 75 años. Aquí el desenfreno ya comienza a tope, sin pies ni cabeza, desde el primer minuto de metraje. En un nuevo ejercicio de ímpetu creativo, el cineasta polaco acabó con un silencio de 15 años presentando una disparatada adaptación de una de las inadaptables novelas de Witold Grombrowicz, quizás el novelista más inadaptable de todo los tiempos. Contando con la colaboración de un reparto entregado a la locura de sus registros, cuenta –o se aproxima a contar– la historia de obsesión irracional de un estudiante de Derecho aspirante a escritor con la magnética hija de una disparatada pareja de hosteleros rurales en medio de un festival de cadáveres de aves colgantes y humedades en las paredes. Más o menos. Despedirse del cine, de la vida y de una filmografía tan vigorosa como la de Zulawski de esta forma es irse a lo grande.

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