La ciudad de las estrellas. La La Land

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Por - 11 de diciembre de 2016

“Not quite my tempo”. Si alguna vez lo fue, no es este precisamente el mejor momento para creer que los sueños se cumplen, para sincronizarse con expectativas vitales demasiado halagüeñas. Pero ahí está siempre el musical, inasequible al desaliento del público perezoso, que aparece por Hollywood periódicamente con su abrasivo poder de apelar al revival nostálgico, capítulo Clásicos Revisitados, ganando la partida a base de abrumarnos con su grandilocuencia (Los miserables), su despliegue de luz (Mamma Mia!) o su aparatosidad (Chicago, Nine). Incluso en su vertiente de estudiada rebeldía,el musical a contracorriente (Todos dicen I Love You, Bailar en la oscuridad, Hedwig…) busca siempre un milagro. Pero, ¿cree el espectador del siglo XXI aún en los milagros? Hollywood piensa que sí, y Damien Chazelle se apunta al voluntarismo. Los milagros sólo existen si hay gente dispuesta a creer en ellos. Esto es cine del espíritu, ese que confronta la parte íntima del espectador con sus ilusiones y le pone ritmo al saldo negativo resultante.

Chazelle, con maneras de chico prodigio que se hace pasar por tu colega (algo que ya generó haters en Whiplash) consigue que el buen rollo no llegue nunca a dar mal rollo. Estamos (esto sigue siendo Hollywood) ante un intento de rehabilitación del sistema (la casta), que sabe incluir píllamente las autocríticas. Nada funciona ahí fuera, pero todavía podemos ser felices. Algunos dirán que es adocenamiento, mainstream o un engaño capitalista más, otro lavado de cara, un canto a los (maravillosos) anuncios de Coca-Cola de los 80. Seguramente, pero asumámoslo pronto: como trampantojo de musical a contracorriente, es perfecto. Un artilugio formidable, un vendaval de encanto arrollador no apto para prejuiciosos. Para empezar porque, volviendo a Whiplash, retrata con humor (nota mental: jamás unir samba con tapas) y música el miedo al fracaso (y no tanto la búsqueda del éxito, como antaño) a través de una historia de amor de gente con talento, otro de los mantras del director y guionista. Para continuar, porque música y coreografía, esenciales, son de una distinción apabullante, incluso en medio de un atasco. O tal vez por eso. Y, para acabar, porque hay truco: da un revolcón al concepto de final feliz. Apelando al jazz, estas Melodías de Hollywood trasladan inteligentemente, como Coppola llevándose Corazonada a Las Vegas, el rito del musical clásico (esencialmente unido a Nueva York y Europa) a la Costa Oeste. Había musicales en los estudios (Cantando bajo la lluvia lo sublimó), pero La La Land convierte el paisaje imposible de Los Ángeles en el mejor No Lugar para replantearse el género con apariencia low cost. De la mano de unos tan intensos como afortunados Stone y Gosling, carismáticamente reunidos en una función a dos, combina cheek to cheek el alma del musical optimista con la profunda desolación tapizada de terciopelo, resacosa de champán barato en Nochevieja de la contundente New York, New York de Scorsese. Oh, milagro, saldrás del cine bailando y lo proclamarás al mundo cantando. Luego te irás dando cuenta de que, a la postre, este extraordinario musical pone en duda el triunfo del amor con una sonrisa. La La Land tararea nuestro fracaso.

Formidable artilugio que convierte LA en el No Lugar musical perfecto. Stone y Gosling hacen que salgas del cine cantando y bailando tu frustración.

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