Entre iguales: los mejores besos gays del cine

Tiernos, morbosos, apasionados... Y homosexuales. Todos son entre chicos y chicos, o entre chicas y chicas, y todos pueden ponerte a mil por hora.

Por - 01 de marzo de 2012

Con la llegada de Theo y Hugo, París 5:59 a las carteleras hemos decidido recuperar este informe, no tan salvaje como la cinta de Olivier Ducastel y Jacques Martinea (con 20 minutos de sexo explícito) pero sí muy tierno. Aquí va esta colección de besos gays (entre hombres y entre mujeres). Confiamos en que os gusten, porque a nosotros nos encantan.

Brokeback Mountain (2005)

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Los morreantes: Jake Gyllenhaal y Heath Ledger

¿Por qué nos gusta? Porque demuestra que ni el tiempo, ni la distancia, ni el miedo a las represalias ni los matrimonios (¿de conveniencia?) consiguen amortigüar el amor entre Ennis Del Mar y “¡El puto Jack Twist!”. Lástima que los doloridos ojos de Michelle Williams, pobrecilla, estuvieran al acecho.

Lazos ardientes (1996)

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Las morreantes: Gina Gershon y Jennifer Tilly

¿Por qué nos gusta? “Tengo un tatuaje, ¿quieres verlo?” es una frase que, en las circunstancias correctas y frente al cuerpo adecuado, puede derretir a cualquiera sin importar su género u opción sexual. Cuando la descarada Tilly se la susurra a Gershon con una voz capaz de convertir las piedras en magma, la cosa evoluciona hasta temperaturas de las que revientan el termómetro. 

Y tu mamá también (2001)

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Los morreantes: Gael García Bernal y Diego Luna

¿Por qué nos gusta? Las cosas empiezan así, tan ricamente: dos chavales (mexicanos, pijos y de vacaciones) conocen a una chica muy parecida a Maribel Verdú. Ella se deja hacer a doble banda, los cuerpos se arriman, la cosa acaba en la cama… Y, de pronto, los vértices masculinos del triángulo descubren que lo suyo podría ser más que una amistad, con lo que la expresión “viaje de placer” cobra todo su sentido.

Mulholland Drive (2001)

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Las morreantes: Laura Elena Harring y Naomi Watts

¿Por qué nos gusta? Vamos a ver, ¿no habíamos quedado en que David Lynch era un señor conservador, de derechas y amigo de Ronald Reagan? Entonces, ¿por qué uno de los pocos momentos tiernos de una de sus obras maestras es un beso sincero, apasionado y húmedo entre dos chicas? Sabemos que en el lynchverso nada es lo que parece, y que la cosa acaba en tragedia, pero está claro que el cineasta de Montana es una contradicción con pelazo.

Entrevista con el vampiro (1994)

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Los morreantes: Brad Pitt y Antonio Banderas

¿Por qué nos gusta? Cuando la calidad del género es contrastada, un beso de cine no tiene por qué implicar contacto labial. Véase para probarlo esta escena con el sello de Neil Jordan, el director hetero más gay del mundo: Banderas y Pitt, chupasangres ambos, se tantean, se buscan, se reconocen… Pero, en el último momento, el traidor del estadounidense le quita la cara al malagueño. ¿Será que aún le dolían los mordiscos de Tom Cruise?

Cisne negro (2010)

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Las morreantes: Natalie Portman y Mila Kunis

¿Por qué nos gusta? ¿Lesbianas? ¿Confusas? ¿Heterocerdas, como dicen algunas? No tenemos ni idea, más que nada porque Darren Aronofsky no nos lo dejó nada claro en su thriller sobre el ballet. Pero, si nos reducimos a lo carnal, está claro que este pas de deux entre la israelí y su rival en el mundo de los tutús hace tambalearse la estabilidad psicológica del más pintado. Y de la más pintada, pues casi que también.

Una casa en el fin del mundo (2004)

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Los morreantes: Colin Farrell y Dallas Roberts

¿Por qué nos gusta? Como decíamos al hablar de Pitt y Banderas, la calidad de los concurrentes es garantía para un buen beso de cine. Pero es que, además, aquí Leto y Farrell se dan al tema con fruición y calidad: despacito, con sensualidad, con ternura y con mucha, mucha calentura. De este modo, nos parece hasta bien que el cachas no pasase a mayores con Jared Leto en Alejandro Magno.

El ansia (1983)

Las morreantes: Catherine Deneuve y Susan Sarandon

¿Por qué nos gusta? Esta Deneuve, nunca tiene bastante: por si no le bastase con vampirizar al mismísimo David Bowie, va la tía y aplica sus disciplinas de chupasangres bisexual a la futura señora de Tim Robbins, quien (pese a los efectos secundarios) acaba encantada con la experiencia.  Interrogada por la prensa sobre la escena, presuntamente difícil, Susan declaró: “¿Cómo va a ser difícil besar a Catherine Deneuve?”. Bien dicho.

Beautiful Thing (1996)

Los morreantes: Steven Martin y Glen Berry

¿Por qué nos gusta? Si tienes una vida espantosa en un council home británico, entre maltratos, trapicheos y problemas escolares, descubrir los misterios de la vida junto a tu vecino de al lado puede suponer la mejor experiencia imaginable, aunque sea al ritmo de Sonrisas y lágrimas. Una vez asumido lo evidente, ¿qué mejor forma de celebrarlo que con una carrera por el bosque, rebosante de lametones?

Crueles intenciones (1999)

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Las morreantes: Sarah Michelle Gellar y Selma Blair

¿Por qué nos gusta? Tras participar en una serie tan emblemáticamente gay friendly como Buffy, cazavampiros, la Gellar podía dar lecciones de lesbianismo a la más pintada, aunque sólo fuera por la observación. De este modo, tentando a su compañera Blair con la excusa de unas lecciones, la chica se la lleva al huerto y se lleva, de propina, las primicias de su mocedad. Tan bien sale la cosa, que la ingenua acaba pidiendo más… 

Maurice (1987)

Los morreantes: James Withby y Rupert Graves

¿Por qué nos gusta? En la era victoriana, ser gay no era ningún chollo: que se lo pregunten a Oscar Wilde. Por eso R. M. Forster, autor de la novela original, sólo permitió que el libro se publicase después de su muerte… Y por eso, cuando Hugh Grant (pareja platónica) insiste en dejarle a dos velas, el señorito Withby busca consuelo en los brazos de un fornido guardabosques, en una escena tan classy como sólo James Ivory podía filmar.

Holy Smoke (1999)

Las morreantes: Kate Winslet y una actriz desconocida

¿Por qué nos gusta? Para empezar, porque Kate Winslet es Kate Winslet. ¿Que no basta con eso? Pues añadamos el morbo de que, pese a todos nuestros esfuerzos, no hemos podido encontrar el nombre de la afortunada que se lo monta con la heroína de Titanic en esta escena tan clubera. Vaya forma de irse de rositas…

La ley del deseo (1987)

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Los morreantes: Antonio Banderas y Eusebio Poncela

¿Por qué nos gusta? Volvemos a encontrarnos con Antonio Banderas para el que es (sin exagerar) uno de los besos más importantes de la historia del cine español. Porque, aunque la Transición ya se hubiese llevado a cabo y las costumbres fueran más abiertas que antes, o eso se suponía, hacer como Pedro Almodóvar y rodar el contacto carnal entre dos hombres en la España de 1987 todavía podía poner a un cineasta en la picota.

Juegos salvajes (1998)

Las morreantes: Neve Campbell y Denise Richards

¿Por qué nos gusta? Bueno, vale, está claro que aquí hemos cedido al morbo. Porque, más que una muestra de sincero amor, o de pasión sin barreras, está claro que esta escena está montada con la intención de calentar al público heterosexual, y que Campbell y Richards tienen tanta soltura en sus jugueteos como dos modelos de Penthouse esperando a que las recojan sus novios a la salida del plató. Pero qué le vamos a hacer, si somos humanos…

Trampa mortal (1982)

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Los morreantes: Michael Caine y Christopher Reeve

¿Por qué nos gusta? Para empezar, porque es todo un punto descubrir al mismísimo Superman comiéndole la boca al actor más cool de Gran Bretaña. Y, para seguir, porque a este ósculo se le conoce como “el beso de los 10 millones de dólares”, dado que su presencia en la película disuadió al público de acudir a las salas y convirtió la película en un fracaso. Para que veáis lo que cambian los tiempos.

Vicky Cristina Barcelona (2008)

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Las morreantes: Scarlett Johannson y Penélope Cruz

¿Por qué nos gusta? Vale, es sólo una escena (pero qué escena), y apenas la entrevemos a la luz roja de un cuarto de revelado. Pero Woody Allen, viejo verde, nos permitió contemplar algo que sólo se había producido en los sueños más inconfesables de algunos, y de algunas: dos de las mayores sex symbols del cine moderno intercambiando fluídos salivales. Sólo por eso, ya valió la pena este viaje turístico con forma de filme.

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